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A mi mujer no le gusta la geografía. "¿Cuándo vas a quitar esas montañas de libros que hay por el suelo?", me reprochó hace unos meses con un tono airado, que dejaba poco margen a que el interrogante contuviese dos opciones a escoger. No tardó en llamar al carpintero, un señor británico, delgado y tan gallego como Alec Guinness, para que hiciese unas estanterías. El hombre, con unos ojos azules de sesenta años y un bigote alegre que se asomaba canoso sobre sus labios finos, vino a casa y midió los espacios con un metro amarillo con rayitas negras que llevaba en el cerebro. Una semana más tarde, me encontré con diez metros lineales para colocar volúmenes. Puesto a sacar y revisar libros, a soplarles el polvo y a darme cuenta de las veces que mi mujer habría monetizado mis libros al peso en su más ardiente deseo, decidí tirar cosas viejas. Saqué de una vitrina un busto de Mao Tse Tung, hecho de un terciopelo semifalso con color de pulpa de pomelo. Lo cogí con tanta brusquedad como el aduanero manejó la cabeza de Rodrigo Rato en aquella fotografía trágica. La verdad es que rezaba todas las noches a aquel mi santo. Le leía algunos pasajes del Libro rojo, aunque sé a nadie le gusta que le lean sus textos en voz alta de no ser que uno padezca el exhibicionismo infantil de Vargas LlosaAitana se ocupe de la dicción estirando los labios en un intento de ser sofisticada. Tamén tiré una foto de Saul Bellow, un amigo del poeta norteamericano Delmore Schwartz -al que el Nobel desolla en la novela El legado de Humboldt- y unos prismáticos con los que mi tío Juan oteaba rojos en lo alto de su caballo blanco Sigfrido en el Leningrado de la División Azul. Por la noche, al volver a casa cargando con una bolsa de cansancio en cada mano, supe de la importancia que le dan los conversos de la Constitución a los bustos monárquicos y traté de recuperar a mi Rey Mao de terciopelo, ese apóstol al que nunca me había atrevido a besar y que me guardaba, en una concesión secreta al capitalismo, en la cabeza todo el dinero que le introducía por una ranura en la coronilla. Metí la mitad del cuerpo en el contenedor amarillo de inorgánicos, que tiene un oler más benévolo que el verde, pero solamente fui capaz de encontrar la fotografía de Bellow. El gesto salvífico del Partido Popular de Barcelona, colocando una imagen de un rey -como las que hay en los puestos de Las Ramblas- como desagravio al busto retirado por una alcaldesa que no hubiese gustado a mi tío Juan de encontrársela en sus prismáticos. La valentía  de los conservadores -mayor que su gusto estético- me animó a comprender que "el tiempo es la hoguera en la que ardemos", como escribió Delmore Schwartz, y eso hace que Mao pueda ser carne de objetos perdidos, pero también que siempre habrá quien nos reponsa en el vacío que dejamos. Porque, vuelvo a citar a Schwartz, "el tiempo es la escuela en que aprendemos".

Photo: Portrait of Ai Wei Wei by Gao Yuan