Me siento avergonzado por todas esas personas que están muriendo en el felpudo de Europa, como os ocurre a la mayoría de vosotros. No he hecho un gesto reparador hacia ninguno de ellos, como la mayoría de vosotros. Bien, tampoco haré nada, como casi todos los que estáis leyendo. Todo lo humanitario que se me ocurre a estas horas de la noche alambradas es apretar el papel de plata que vestía la chocolatina Nestlé que me estoy comiendo hasta hacerlo una bola. Mi tía Feli, que era alta y delgada, y que se sentía bella con ropa verde, hacía bolas con el papel de las chocolatinas. Con la primera formaba un núcleo y le iba cubriendo con otras hasta lograr unos balones pequeños y plateados que guardaba, bajo llave, en la despensa de las cosas ricas. La Tía Feli levantaba su nariz relevantemente vasca para avalar que las bolas plateadas fascinaban a los traficantes africanos de personas, que estaban agradecidos de cambiarlos por niños animistas en el mercado central de Tombuctú, ese en el que comerció Rimbaud. Aquellos mercaderes me parecían bastante estupidos, pero, a los diez años, cualquier persona relacionada con tu padre es una autoridad. Trataba de concentrarme, en esos momentos de debilidad comercial, en la parte importante de la operación de rescate que me describía mi tía, que no tenía como objetivo tanto liberar inocentes como cristianizarlos. Mi tía Feli lideraba una pequeña y valiente célula de Verdad Revelada que formábamos mis cuatro hermanos y yo. Había algo mesiánico en aquella soltera que pasó de ser una servicial margarita del Partido Carlista a votar a Herri Batasuna en los años salvajes. Atravesó el arco ideológico de extremo a extremo sin tomarse un respiro ideológico en la UCD. Ahora interpreto que escuchar que la Constitución determinaba que todos los españoles eran iguales la desnortó violentamente y se conjuró "para ser vasca". Únicamente. Pero lo que me pregunto en estos momentos nada tiene que ver con ella. Quiero saber si los mandatarios europeos tienen noticia de vuestros mensajes en Twitter. Pero, por encima de eso, quiero saber si los refugiados tendrán conexión a internet para ver en el Facebook esas fotos en la que os acordáis de su hambre y de su miedo. No pueden comer ni beber vuestra empatía, como les ocurría a los niños que soñaban con pasar por Tombuctú para ser cambiados por una bola de papel de aluminio. Ellos nunca lo supieron, como ahora no saben de vuestros mensajes electrónicos, pero se sentirían reconfortados si supiesen que la Tía Feli nos animaba a guardar los envoltorios de las chocolatinas en vez de tirarlos al cubo de basura que estaba bajo el fregadero. Los fugitivos de la miseria que llegan a Europa se ven envueltos en el papel de chocolatina que los cubren como mantas térmicas. Algunos nunca acaban de entrar en calor.

Photo: Demonstration in the port area (Manhattan, 1946). Henry Cartier-Bresson.