TAXIDRIVER

El ENTIERRO DE Las víctimas de Charlie Hebdo no podía acabar sin un detalle gracioso que respondiera al espíritu de la revista. Cuando Hollande abrazaba al médico y colaborador de la publicación Patrick Pelloux, una paloma dejó caer una sustancia blanca y áceda sobre su hombro. La defecación es escatolóxica, pero tiene ese contrapunto de que proceda de una ave pura y elevada como una paloma.
El pasado fin de semana recuperé dos libros para tratar de comprender lo inextricable: vengarse en 130 desconocidos por las atrocidades que sus gobernantes cometieron contra cientos de desconocidos. Todo lo que comparten los vengadores con los sirios e iraquíes muertos es el origen (árabe) y la religión (musulmana).
La escena que les contaba la saqué de Islam y modernidad (Herder) que Slavoj Zizek sacó a primeros de año. El filósofo eslovaco se preguntaba que, si los hermanos que exterminaron media plantilla de Charlie Hebdo «estaban afectados por los horrores de la ocupación norteamericana de Irak, por que no atacaron alguna instalación militar en vez de un periódico satírico francés?». Aún se puede establecer una delgada línea de lógica de culpabilidad por el ánimo sarcástico de la publicación, pero esta vez la razzia se dirigió contra personas cualesquiera sentadas en terrazas y contra aficionados anónimos al rock. La línea queda cortada.
En Europa, los únicos que comprenden la relación entre los bombardeos de Irak o Siria y las ráfagas de kalashnikov en Bataclan son izquierdistas que padecen «miedo patológico a ser culpables de islamofobia. Para estos falsos izquierdistas, cualquier crítica al islam es una expresión de islamofobia occidental y Salman Rushdie habría provocado innecesariamente a los musulmanes y fue, por lo tanto, sería responsable -parcialmente, cuando menos- de la fatwa que lo condeaba la muerte, etc.». El párrafo es de Zizek, un marxista que aplica sus ideas sobre ateísmo y feminismo al análisis de la religión.
El problema europeo es que toma el té con Kant todos los días. Parafraseo el título de la obra que está representando Inversa Teatro. Nos comportamos como el filósofo, analizamos el «deber hacia un mismo», del que hablaba. Nunca relajamos el imperativo categórico kantiano, juzgamos cada acción de nuestros gobiernos en función de que pueda elevar a ley universal o no.
En Estados Unidos no pasa, tampoco en el Estado Islámico; únicamente en Europa nos echamos encima todas las culpas de nuestros ejecutivos. Damos por elemento consustancial a nuestra naturaleza que cortamos cuellos de infieles sarracenos hace quinientos años, que el único reprochable de Sadam Hussein era gasear curdos y que prohibir el uso del burca nos nuestros países responde a una petición de la multinacional de Arteixo, que teme una bajada de ventas.
El argumento que parece justificar toda esa violencia absoluta y cruel yihadista es la discriminación. Pero no explica el motivo de que los africanos, los sudamericanos o los gitanos no vistan chalecos explosivos.
Enfrente, tenemos unos amorales que cortan cabezas sintiéndose legitimados por Alá. No les preocupa el mínimo sentimiento de culpa ni el arrepentimiento. A nosotros el arrepentimiento y la culpa nos vienen del judaísmo, vía cristianismo, y reforzado por el espíritu crítico que nos encendió Sócrates. 
Los bárbaros no tienen ese problema, El Corán explica algo tan complejo e intrincado como es la vida de un modo sencillo y completo, pueden leer todas las respuestas a sus preguntas como se consultaran en Google. Viven, matan cristianos, lanzan homosexuales desde azoteas, comen, aman, ríen, compran siervas menores de edad y hablan por el móvil amparados por un pensamiento perfecto, esférico, sin grietas de duda.
Su sistema de ideas es pragmático por sencillo, lo contrario de lo que sucede con el pensamiento europeo. Lo irónico es que las ideas y las artes occidentales fueron originadas y ampliadas en el siglo XX por dos colectivos odiados por los yihadistas: homosexuales (Proust) o xudeos (Freud), y mismo por homosexuales xudeos (Wittgenstein). 
El otro libro que estuve repasando fue Sumisión (Anagrama), de Michel Houellebecq. El escritor francés teatraliza sus tramas hasta el ridículo, pero expone unas ideas de fondo que son suxerentes. La distopía de ese libro es una Francia gobernaba por la Hermandad Musulmana con la financiación de países del Golfo Pérsico. El desfasado Corán sustituye a la sensata Constitución del juramento hecho en 1789 en el pabellón para jugar a la pelota del palacio de Versalles.
Esa pesadilla parece lejos de ocurrir, pero Houellebecq caricaturiza para describir una sociedad francesa en la que las escuelas y las universidades republicanas no desaparecen, pero pierden aportaciones económicas, en beneficio de las escuelas de calidad -que separan por sexos y son musulmanas-. En palabras de Houellebecq, «siguiendo el modelo de los partidos musulmanes operativos en los países árabes, un modelo antes usado en Francia por el Partido Comunista, la acción política propiamente dicha de la Hermandad Musulmana, se extendía a través de una red de movimientos juveniles, instituciones culturales y asociaciones caritativas».
Slavoj Zizek habla del pensador indopaquistaní Maududi, creador de la expresión Estado Islámico. Zizek explica que «la Revolución Francesa ofreció la promesa de un Estado basado en un conjunto de principios opuesto al Estado basado en una nación o un pueblo», por lo que «ese ciudadano universal, separado de la comunidad, de la nación o la historia, está en el centro mismo de la visión que tiene Maududi de la ciudadanía en el Islam». O, como expresó Jomeini: «Si el Islam no es político, no es nada».