LA SEMANA EMPEZÓ con optimismo desbordado en Ferrol. La ciudad está en concurso de acreedores emocional desde el desgüace felipista, pero, lejos de resignarse, sus ciudadanos sueñan improbables. Liberados del pudor, cuentan las fantasías nocturnas al día siguiente en ruedas de prensa. Shakespeare advirtió de que «somos de la materia de los sueños» antes de poner a Hamlet a sujetar conversaciones enfermas de pasado e ira con el espectro de su padre. Jorge Suárez, creó una plaza de funcionario municipal encargado de soñar después de hacerse con la alcaldía ferrolana. El puesto ya lo había dotado presupuestariamente Cunqueiro en la obra El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes.
El empleado onírico de Ferrol se irguió el lunes para formar una comisión alrededor de un café con churros en el Avenida. Al salir, propusieron a la Real Academia Galega (RAG) que dedique el Día de las Letras 2017 al reintegracionista Carvalho Calero. Tienen moral, sí. Sería bonito que la RAG deje de tratar al reintegracionistas cómo se fueran un partida de sediciosos del carlismo. En la Rúa das Tabernas deben asumir que son los defensores más íntegros y sacrificados del gallego, y que, si nuestro idioma tuviera un futuro -que no tiene-, estaría más cerca del portugués que del español.
El porvenir del gallego camina tan torpemente como el futuro de la Temporada Lírica de A Coruña, que estuvo a punto de apagarse lenta y cruelmente como un petirrojo herido en la nieve. Aunque leo en Sermos que administraciones y Amigos de la Ópera recogieron el pajarito con espasmos de frío para darle calor en esta invernada. Los políticos son capaces de decirte que sí a cualquier petición solamente con que les dejes colocarse en el centro de la fotografía. "Largo al factotum della città"... ya conocen lo que se canta en Il barbiere dice Siviglia, mi banda sonora para afeitarme.
No me resisto a afeitarme cantareando esa ópera para deleite del vecindario y otra familia política. Mi versión carga más en lo bufo que en lo sentimental. La obra de Rossini animó en la reapertura del Palacio de Congresos coruñés en 1999, cuando el absolutismo ilustrado de Paco Vázquez fulgía en la ciudad.
A Coruña celebra continuamente ser coruñesa. Tiene querencia por el animus iocandi rossiniano. Muestra una seguridad en sí misma que solamente igualan los forofos ferrolanos de Carvalho Calero. En el punto cardinal contrario, Santiago de Compostela nunca acaba de creerse capital de un país, incluso no da por cierto que Galicia sea un país. Los compostelanos reafirman cada día la autonomía porque viven de su merced y gloria, pero les cuesta tomarla en serio. Compostela duda de todo, sufre una paranoia sosegada, un balanceo hamletiano y nervioso entre una convición y la contraria.
Como centro de poder, Santiago exalta a Shakespeare, cuya obra habla de poder y de amor -otra forma de poder, que diría Foucault-. La Real Filharmonía de Galicia compostelana celebró el jueves los 400 años de una juerga que se festejó en la localidad inglesa en Stratford Upon Avon. Aquella fiesta de 1616 fue tan brava que aún hoy es recordada. Fundamentalmente porque se llevó por delante a William Shakespeare.
La Filharmonía dio un concierto en el que interpretó la Suite de música incidental de Hamlet, de Shostakovich, con narración de Luis Tosar. Acertadamente, no pusieron a cantar al actor.
Tosar puede hacernos creer cualquier personaje cuando interpreta. No sería mala idea disfrazarlo de Xesús Alonso Montero, para que presida una reunión de la Real Academia Galega y convenza a los compañeros de que Carvalho Calero merece un Día das Letras Galegas personalizado.
Hay algún motivo por lo que Shakespeare interesa más que Cervantes mismo en España. Mi teoría es que el novelista alcalaíno creó dos arquetipos (Don Quijote y Sancho), mientras que el dramaturgo inglés inventó dos docenas. Es verdad que Cervantes estableció las bases de la novela moderna, pero no escribió nada trascendente ni antes ni después. Cada vez que cojo un ejemplar del Quijote miro con pena la magnífica novela que hay en su interior. Sería suficiente con arrancar las hojas de narraciones paralelas e inertes para que fuera tan excepcional como nos cuentan. A pesar de la grafomanía de su autor, el libro requería que España le dedicara algo más que 230 actos y 4 millones de euros en los cuatrocientos años de la muerte de Cervantes. Debe de ser que el Partido Popular sabe que le van a ejecutar el embargo de La Moncloa, porque no quiero atribuir su desidia cervantina a la ignorancia.
El maltrato a la cultura no conoce territorios ni culturas. Tenemos el Panteón dos Galegos Ilustres en un estado impecable para ambientar una serie de vampiros, segúndo supe el miércoles. Intuí cual era el problema al saber de la programación del Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC): económico. Se anunció el miércoles, con el año ya corrido. Santiago Olmo va a ser comisario de tres de las seis exposiciones de este 2016. Olmo es el director del centro. ¿Medida de ahorro? Por bonitas y baratas que resulten, las muestras anunciadas no me excitan el entusiasmo. Menos mal que en el Kiosco Alfonso de A Coruña acaban de programar goyas y velázqueces remitidos desde el Prado.
El martes estuve paseando por el lado salvaje al leer la petición de Estados Unidos para extraditar al hermano del marchante gallego Carlos Bergantiños. Caminé sobre la delgada línea roja de la legalidad al soñar -sin cargo municipal- con una muestra de cuadros falsificados. Sería como esos grupos de homenaje a AC/DC o Queen, que se anuncian como «la mejor banda tributo a...». Se trataría de promover una muestra de «las mejoras falsificaciones de Rothko y Pollock». Me hirió saber que tener un Rothko o un Pollock es un asunto de bricolaje. Basta con unas pinturas, un secador y unas bolsas de té. Me haría ilusión, tanta como ver la Luis Tosar presidiendo una sesión de la Real Academia Galega.