El MIÉRCOLES bajé al Club Fluvial de Lugo, esa ciudad que los romanos plantaron al final de una cuesta despiadada de cuatro kilómetros según el enemigo sube desde el río Miño. Llevaba cinco días nadando en la aplicación Enjoy swimming del móvil. Fui andando, por lo que aproveché para escuchar El ocaso de los dioses, una de esas óperas grandilocuentes de Wagner, y leer el blog O Porto dos Escravos (El Puerto de los Esclavos), de Mario Regueira. Supere usted mi pedantería.
En la entrada Rúa Álvaro Cunqueiro, Regueira encadena argumentos para demostrar que Álvaro Cunqueiro era tan conservador como un general prusiano. Acepto que Cunqueiro visto como nostálgico de la propiedad rural y diletante sustentada por labradores. Sé que era un inmoral que se beneficiaba de cualquiera regalía. El problema de Mario Regueira es que suma certezas, suposiciones y bromas que no comprende. En ese último apartado recoge y expone el rumor de que Cunqueiro pidió que desinfectasen una caseta en la feria del libro de Vigo que iba a firmar porque había estado Marcelino Camacho. El artículo concluye con el respaldo a que Manuela Carmena le quite su calle en Madrid.
Discrepo de que el único criterio para quitar pracas azules sea político. Según esa teoría, yo no podría caminar atronado por Wagner y ni siquiera debería tocar los libros de William Burroughs por aquel día salvaje y borracho en el que convenció a su mujer para recrear la ópera Guillermo Tell, de Rossini. Ser buen creador y ser buena persona es una coincidencia rara.
Un escritor catalán, Pere Tobaruela, que tiene el buen gusto de admirar a Cunqueiro, hizo el esfuerzo de aprender gallego y aplicarlo en sus novelas. El lunes leí en el Facebook que una editora no le paga los derechos de autor. Asegura que recurrió a la Asociación de Escritores en Lingua Galega (AELG) y al PEN Galicia. Tras «una espera de meses» a AELG empezó a silbar Negra sombra y mirar para otro lado. Y el PEN? Haberlo, hay.
El martes fui a informar sobre la exposición Airiños, aires,... Rosalía, una colección de fotografías en blanco y negro que Xurxo Lobato presentó en Lugo. Le hice reverencias porque las imágenes son magníficas. Un trabajo de calidad gana en consideración cuando no se adorna de ironía. La gravedad de Rosalía de Castro impregna las imágenes. Rosalía pudo ser todas esas cosas que se le atribuyen por la orilla de Laíño y por la orilla de Lestrove -feminista, comunista, nacionalista, pianista-, pero no nació para ser una precursora de El club de la comedia.
A pesar de la escasa chispa de la autora, sí es verdad que su obra tiene ese carácter poliédrico de la genialidad que permite lecturas superpuestas e incluso taimadas. La AELG promovió el miércoles una jornada dedicada a la escritora, el Día de Rosalía que se va consolidando felizmente en todo el país. Una iniciativa que aplaudo.
Xurxo Lobato decía en la presentación de su muestra que Rosalía es la única figura pública que ponen de acuerdo «a todas las tribus de Galicia». Hay muchos escritores que no lo lograron. Cunqueiro o Julio Camba, por ejemplo. Comparto el rechazo político al mindoniense, pero el columnista pontevedrés era ostentosamente cínico en asuntos públicos. No comprendo el criterio del historiador Antonio Ortiz Mateos para desenclavarlos del callejero de Madrid y bajarlos de la cruz. Figuran en él por sus obras, no por sus concepciones sobre la sociedad. Otra cosa es que yo piense que Camba no pasaba de ser una medianía literaria e incluso una medianía humorística.
Toda nominación causa problemas inevitablemente. Al redactarla, se contenta a los incluidos y se fastidia a los excluidos. El problema es que los segundos son mayoría. Habitualmente una mayoría silenciosa, pero no siempre. El escritor compostelano Suso de Toro protestaba la semana pasada en Twitter por no figurar en la Lista de Buenos Aires, que es cómo se conoce a los escritores, editores y adjuntos que van a representar a Santiago de Compostela en la Feria del libro de la capital argentina. Se quejaba De Toro por no ser convocado cuando no hay muchos que hayan escrito tanto sobre la ciudad. Voy a opinar sin ironía: lleva toda la razón. Pocos escribieron tanto sobre Compostela. El novelista en excendencia no tardó en darse un cariño en otro tweet: «El Ayuntamiento quiere que vaya, intentaré solución». Martiño Noriega, el marealcade, dispone de varias plazas.
Los beneficiarios de la Lista de Buenos Aires se reunieron recién. El motivo? «Tenemos orquesta, pero no partitura», sintetizó un escritor y editor. Necesitaban elaborar un discurso conjunto para que los tomen en serio en la feria de edición comercial más importante de Suramérica. Dicen que el sonido del encuentro fue la cabalgada de las valquirias.
Suso de Toro se llevó otro disgusto por otra lista. En esta por figurar. Volvía a incomodarse en Twitter confesando su sorpresa por encontrarse en una candidatura a las elecciones del PEN Galicia. Lo hirió el fuego amigo, pero supuso que el disparo era un «error». Así debió de ser porque su nombre ya no figuraba en la lista que se votó finalmente, en la que aparecieron por el criterio de abacadabra pata de cabra los nombres de Marilar Aleixandre y Román Raña.
El jueves bajé de nuevo a la piscina. En la caminada, leí que el fundador del PEN Galicia Xavier Alcalá percibe que el proceso por lo que se proclamó presidente a Luís González Tosar -asiduo al cargo desde hace 21 años- fue apresurado y sinuoso. La votación resultó unánime, entusiasta y devota. Alcalá huele numerosas «chapuzas».
Hay impaciencia por ese congreso del PEN Internacional que se celebrará en octubre en Ourense. 250 escritores de todo el mundo debatirán sobre los colegas perseguidos entre sorbete de limón y entrecot de vaca cachena. Yo nada sé porque vivo en la arcadia lenta del Conventus Lucensis, pero la Diputación d Ourense ofreció pagar la dolorosa y aun no tenemos la cuenta con IVA. Por ahora, solamente hemos escuchado las palabras que cierran El ocaso de los dioses: «¿Qué importa si todo esto es un desastre? Lo importante es que nos queremos».