moka

 

ESTA SEMANA no hubo mañana en la que despertase agitado. Temprano, dando vueltas en torno a las seis de la mañana. Quedé trastocado por la muerte de Renato Bialetti. Más que la muerte en sí, me decepcionó la nula atención de los medios españoles. Hube de leerlo en Il Corriere della Sera. A página completa, claro.
Como no calmaba en la cama, día tras día erguínme para tomar un café de mi Moka Express. Tengo estima la esa cafeteira. Cogí un vuelo de Ryanair en la Navidad de 2014 para viajar a Roma. Entré en una tienda pequeña y oscura de la Via del Corso, una tienda aromatizada con un arábica con aromas de chocolate y miel. Mucho hizo esa Moka por la lectura. El café de estos desvelos matutinos iba acompañado por una novela singular, Él cinéfilo (Alfabia), de Walker Percy, y por la banda sonora que Dimitri Shostakovich escribió para interpretar con la película muda Las montañas doradas, de Sergei Yutkevich.
Con esa música trataba de acalmar la efervescencia que me causó debatir el lunes en las redes sobre el grado de convición falangista de Álvaro Cunqueiro. Reconozco que fui yo quien abrió el debate con el artículo de la semana pasada. Ando  buscándolas. Me pasa cómo a los personajes de la película El Jardín del Demonio. El viernes vine ese wenstern sobre unos buscadores de oro que se adentra en territorio indio, en el Jardín del Demonio, en luna llena. Los indígenas la conocen cómo Luna del Home Blanco porque es un tiempo durante lo que pueden matar vaqueros sin remordimientos.
Tratar de explicar a Cunqueiro en este país de reciente y brava exigencia ética es meterse en un jardín en una noche de luna llena. Nunca sabremos si Cunqueiro, el apasionado autonomista de 1934, sintió remordimientos el día de febrero de 1937 en que abandonó su escondite docente de Ortigueira, para integrarse en el corpus inquisidor de la prensa franquista. Mis dialogantes en las redes lo habían equipado en proselitismo y convecimiento con Manuel Aznar, padre de su hijo e innovador de la radio española la base de concretar la presencia de Satanás en la tierra con ropaxes de judeomasón de inspiración marxista.
No puedo imaginar el pánico que podría sentir en la posguerra española alguien atrapado en el Jardín del Demonio, alguien que teme ser visitado en una noche de luna grande por mediocres que habían hecho carrera social en la Falange con una licenciatura en pistola sobre mesa docente. Tengo para mí que Cunqueiro vistió la camisa azul concebiéndola como uno detente bala, el escapulario carlista que irradiaba un aura que servía de chaleco antibalas. Mirar hacia el sol con la camisa nueva le valió durante años. Solamente hasta que su amor por almorzar en los mejores restaurantes sin detenerse en la licitud de los medios le costó el carné de prensa y la condescencia del generalato.
Luego debió de sentirse como el protagonista de la novela de Walker Percy cuando en 1961 vuelve a ver Sin novedad en la frente, que ya había visto en 1941. «Los acontecimientos de esos veinte años se neutralizan: los muertos, las torturas, los desarraigos y las andanzas». El cinéfilo establece una conexión feliz y directa con el rapaz que había sido veinte años atrás,como se no hubiera pasado nada en medio.
Cunqueiro careció de la entereza para ser fiel a sí mismo. Esa debilidad moral la va a pagar perdiendo la calle en Madrid. Poco me importa que el nombre del escritor mindoniense me salte en Google Maps cuando pasee por la capital española. Me desconcierta que no se le valore por su obra genial y que se loube la un discípulo como García Márquez. Hay un notable cinismo en que no se reprochen al colombiano las caídas de ojos que le dedicaba a Fidel Castro. A Márquez tenemos que valorarlo por sus estupendas novelas para adolescentes, pero no por su entusiamo costumbrista hacia un dictador. Lo mejor que puede hacer un autor es imitar a Franco y evitar meterse en política. Miren al talentoso Vargas Llosa, que intentó ser presidente del Perú y acabó siendo nombrado «perpetuo gobernador de lana Ínsula Barataria»  por Mamen Sánchez, directora del Hola!
El asunto de las calles no me turba, a mí solamente me turban la música de Shostakovich y la muerte  de Renato Bialetti -inventor de la cafeteira Moka Express-. Me gustaría que la actualidad cultural gallega excitara algo en mí, pero esta semana no tuvimos noticias vibrantes en este nuestro páramo bucólico. Tuve que buscar emociones haciendo boxeo de sombras en el dormitorio, golpeando a un sparring reflejado en el espejo nupcial. Lo hacía Hemingway en los años de París para preparar los combates contra Morley Callaghan. El periodista Abott Joseph Liebling les reprochaba que no le permitieran participar en sus veladas por carecer de obra publicada a pesar de que había desembarcado en Normandía para The New Yorker.
El boxeo de sombras siguió el martes entre el escritor Alfredo Ferreiro y el presidente del PEN Galicia, Luís González Tosar. El primero había acusado al club literario de una batería de actuaciones retorcidas en la asociaciín y Tosar se defendió con varios argumentos menores y con el argumento mayor de que Ferreiro había propuesto infructuosamente hacer una web para el PEN. Un golpe por debajo de la cintura, un gancho de los que hacen perder puntos de cara a los jueces del combate.
El miércoles me sobrepuse de la tristeza por la marcha irresoluble de Bialetti con la oratoria de Alexandra Fernández. La diputada llevó la poesía gallega al Congreso con unos versos de Xohana Torres. Fue una lástima que la representante de En Marea acabara estropeando tanta brillantez citando la peor versión de Xosé Manuel Beiras, la última, para criticar al Partido Popular. Beiras hace sombra al gigante que fue. Boxea contra el aire -ciego, confuso, exaltado- como hizo Sonny Liston en el asalto de 1965 en que recibió el golpe del ancla con el que lo derribó Classius Clay.