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Cuando salgo a pasear por Lugo los fines de semana, con La décadanse de Serge Gainsbourg sonando nun tono menor no Spotyfy, me cruzo con muchos deambulantes tristes. No es que la ciudad del norte gallego en la que vivo sea una kermesse continua en estos días de nevadas insolentes, pero me encuentro con amigos desolados que se lanzan a la calle para contar su frustración. Cuando te paran, te hablan con la punta de los labios, te piden que te acerques a su aliento y te confiesan que les pesa el corazón por no estar imputados. Que un juez ande olisqueando tu vida y el origen de tu dinero no es agradable, pero lo es menos que tu rutina y tu fortuna le sean indiferentes al aparato legal y fiscalizador. Carecer de la condición de imputado es una señal de que nunca has tenido una posición política, económica o social que te permitiese ser tan miserable como para deslizar tu mano clandestina en la caja común. La esperanza de quienes no han logrado llamar la atención profesional de alguna jueza se mantiene elevada en un arco que se tiende de lunes a viernes, que es cuando trabajan los investigadores. Fuera de ahí, el sábado y el domingo, toca frotarse la angustia de las manos y de ver la cutrefacción, la putrefacción de lo cutre, de esos procesos que tanto nos pasmaron, que tanta envenenaron con tanta ira los hígados de los inocentes. Gainsbourg lamentaba que "lo peor de la fealdad es que dura más que la belleza", lo peor de no estar investigado es que puede hacerse eterno.