Es domingo, el peor día de la semana para los que vivimos en solitario. El sábado fue un dia feliz para el presidente gallego, Alberto Núñez Feijoo. Sus dependientes le aplaudieron y él se sintió querido como si todo el amor que le proclamaban, ¡hosana, hosana!, fuese un asunto personal. Los víctores, las bravatelas, nacían del corazón que bombea la estimación de voto en las próximas autonómicas. Los presentes y muchos ausentes calculaban que la centrifugadora del poder, del bienestar y del empleo que es un gobierno iba a sequir girando en el sentido de las agujas de su reloj. No es que yo sea tan cándido como para pensar que la centrifugadora sería detenida por la fiereza ética de la oposición mejor situada, la izquierdista En Marea; pero el reloj giraría en otro sentido. El hígado se me reblandecía el viernes, en la víspera del anuncio, ya filtrado, de Feijoo. Escuchaba a los tertulianos de la Radio Galega, que es la radio pública, alabando "la lealtad con Rajoy" del líder del Partido Popular gallego. La lealtad es una cualidad canina y, por lo tanto, acrítica. Tiene gracia que transformen en virtud la necesidad de un político al que su rival y compañero de partido le advirtió de que no pensaba ni entreabrirle la verja de La Moncloa. Feijoo podía volver a aspirar a gobernar Galicia o no, sin otra alternativa. Hoy, sentado frente al televisor ni siquiera tuvo el humor para coger el mando a distancia, se dio cuenta de que aceptó para no obtener la mayoría absoluta empujado por el temor ajeno a quedarse sin el calor del poder, por las caricias a su egocentria y por la ilusión de una pequeña luz que lo podría reconducir a la gloria de Madrid. La soledad es cruel porque obliga a pensar en un silencio cruel, callado de palmas, víctores y cantos. Feijoo sabe que es un gestor brillante de lo público y un político incapaz de manejarse con los tiempos y las conspiraciones. Este domingo ha visto su cara reflejada en la pantalla oscura del televisor.