Jean-Paul Sartre, 1965, in Nida, Lithuania, photo by Antanas Sutkus

El color de mi nuevo somnífero me encanta. Me recuerda al color vivo de las cerezas que robaba en la huerta de Aladino cuando era niño. Vivía también en este barrio, en O Xardín, en la parte baja de la carretera que lleva desde Ribadeo hacia el final de la Tierra. Él hacía como que no me veía trepar por su cerezo. Se tenía que morder el labio porque vendía leche por cántaros a mi madre. Las pastillas que me recetaron son cerezas plastificadas en caramelos. Combinan en rojo con el vino Saint Julien. No voy a publicar una foto de la caja junto a la botella porque no soy Kim Kardashian y no tengo Instagram. Ni siquiera tengo el cuerpo 10 que se le quedó a Pilar Rubio después de su embarazo. Me estoy fumando el último Gitanes y me asomo a un abismo de tormentas amargas. Voy a tomarme una píldora rojocereza antes de que se enciendan las farolas repugnantes del mapa de la corrupción española, antes de que El Rey reclame austeridad en la campaña y ponga como ejemplo el sufragio al que se humilló a pesar de ser Su Majestad. Fue tan casta que nin  os enteramos. Es ridículo dormirse en una copa de burdeos cuando has vivido una infancia de espanto viendo a compañeros que se bajaban del autobús escolar de la montaña aturdidos tras desayunar sopas pan y vino. Les daba fuerzas para sobreponerse al frío y la humedad de su miseria. La vida seguirá sin mí ahora, como el reloj de pulsera de un soldado muerto, que dijo Jean Cocteau en el entierro de Proust