El REGALO institucional de Mariano Rajoy a Carles Puigdemont fue un facsímil de la segunda parte de El Quijote. No era un regalo del presidente español al presidente catalán como deferencia por visitarlo en la Moncloa, sino una figura literaria. Diría que un retruécano. Consiste en la reordenación de los elementos de una oración en la siguiente. Por ejemplo: «Cataluña nunca será independiente porque nunca permitiremos un referéndum y nunca habrá un referéndum en Cataluña porque no permitimos la independencia». Como propuesta literaria es original, pero como cortesía entre mandatarios incomoda más que agrada.
Los políticos -y la sociedad que los cría- estaban ansiosos porque pasara el Día del Libro para poder dejar de fingir que han leído a Cervantes. Todo volvió a la normalidad al día siguiente. Los políticos no son la normalidad, pero podrán volver a darse un barniz cultural leyendo a los columnistas con más me gusta del Facebook.
Rajoy pretendió hacer un gesto audaz al regalar ese libro en el que El Quijote llega a Barcelona. El presidente debió de fantasear con que el héroe recorre toda la península y marca el territorio orinando caninamente en Barcelona. Pero arriesgó a que Puigdemont hubiera leído esa segunda parte. En esa continuación Cervantes describió la ciudad catalana como «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y única en sitio y en belleza». Si Rajoy llega a saber de esos halagaos, de que los barceloneses cuidan los extranjeros y los pobres, de que son valientes, de que se vengan cuando son incomodados, de que son amigos fieles,... no le habría entregado el facsímil a Puigdemont. Todo lo que sabe Rajoy sobre esta novela es que «los perros ladran, señal que cabalgamos», que los problemas de la hostelería se resuelven a golpes y los de la energía, con molinos de viento.
No les voy a descubrir el Mediterráneo -ese mar de piratas, contrabandistas, armadores y filósofos- hablándoles del Quijote porque ya tuvieron este simulacro de tetracentenario para satisfacer su improbable curiosidad -tranquilos, ya nadie citará los ladridos ni la cabalgada hasta 2116-. Como es sabido que ese libro inventó la manera de narrar a lo contemporáneo, solamente puedo contarles mi experiencia con el macrorrelato cervantino, que no supera en emoción a la que me causó Moby Dick. Ambos textos me regalaron largas dósis de aburrimiento entre genialidad y genialidad.
Cuando empecé El Quijote andaba por la veintena. Entonces sentía una atracción por la violencia en la literatura y en el cine; pero no por la violencia como sadismo, sino como espectáculo, como manera de que la lectura me resultara intensa. Las primeras doscientas páginas de la novela son tan salvajes y aceleradas como un guión de Tarantino.
La acción comienza con el héroe dando una paliza a un arriero y echándose sobre un vizcaíno. El vasco agredido arranca media oreja al caballero en una barbaridad que después imitaría el boxeador Mike Thysson en un combate contra Everson Holyfield. Thysson mordió la oreja de Holyfield en una cita a Cervantes que nadie entendió.

A partir de esa escena, la carrera del Quijote cómo matón manchego empieza su decadencia porque es levantado por los aires en los brazos de un gigante-molino, porque otros arrieros le abren «una gran brecha en el hombro» y porque fantasmea en una venta hasta llevarse «un golpe tan terrible que su rostro quedó manchado en sangre», justo antes de que lo abrasen echándole aceite hirviendo.
En ese momento de la narración, Cervantes debió de darse cuenta de que, si seguía tratando a su personaje como un saco de boxeo, se le acababa la novela. Los libros de su tiempo debían de ser largos para proporcionar unas cuantas jornadas de lectura y distracción a aquellos menesterosos exentos del trabajo y entregados a los brazos amantes del ocio. En ese punto divaga, el novelista empieza a deambular con los sentidos trastocados y brillantes de locura del mismo modo que su personaje cuando deambula por La Mancha.
Aún es peor en cuanto a paja y fuego de artificio la novela Moby Dick. De mi lectura de ese libro, en 1998, recuerdo el sabor salado en los labios y la somnolencia que me provocaba pasar páginas y páginas sobre variedades de cetáceos, clases de arpones y modos de desgüace del animal en el muelle. Herman Melville no tiene problema en hacernos esperar hasta la mitad de sus ochocientas páginas para que empiece el rock and roll, la acción. El encuentro con la ballena blanca es tan impactante, tan vivo, que compensa todas esas horas de guardia que echamos en la cubierta del Pequod leyendo y leyendo sobre cetáceos, arpones o arte.
Cuando menos, Miguel de Cervantes comienza con un terremoto narrativo de doscientas páginas, aunque más tarde se acalme. Tanto, que exaspera al lector. En la segunda parte, es donde se recompone.
Espero que algún asesor de prensa le aclarase a Rajoy que «ladran, señal que cabalgamos» no aparece en Él Quijote, sino en el poema Labrador de Goethe -«Pero sus estridentes ladridos/ solamente son señal de que cabalgamos»-. Incluso ese asesor debería pasarle un resumen de la estancia del Quijote en Barcelona subrayando la escena de la playa en la que la armadura andante se ve vencida por su rival, El Caballero de la Blanca Luna. Lejos de darse por vencido, Don Quijote solicita: «Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra». Puede que el mandatario pontevedrés esperase una rendición tan humillada y poética de Puigdemont en la playa de la Barceloneta, pero eso le requería a Rajoy una lectura previa de la continuación de El Quijote para saber de ella.