030-henri-cartier-bresson-theredlist

Las floristerías viven en una primavera perpetua. Igual que las cocinas de las madres, donde reina un mantel de flores. Hay primaveras que entristecen, como las primaveras de los cementerios o las primaveras de las curvas de las carreteras, en las que se plantan recuerdos en memoria de los accidentados para reverdecer sus vidas mustias. Temo que acabemos padeciendo un largo y lluvioso otoño de paraguas negros abiertos y de coches que no consiguen detenerse a tiempo en los pasos de cebra porque patinan. No sería la primera vez que una estación no se presenta. Cuando aún no se habia inventado el cambio climático, en 1816, padecieron un año sin verano. La explosión de un volcán indonesio, en 1815, levantó una nube de toneladas de humo que convirtió Europa en un páramo oscuro de lluvia y ceniza. El fenómeno adverso mató miles de cosechas -y, claro, secó a los agricultores que se alimentaban de ellas-, aunque generó las condiciones tétrica para que floreciese Frankenstein al cuidado de Mary Shelley. La primavera más sonada fue la Primavera de Praga en 1968, cuando Checoslovaquia se ilusionó con una variante civilizada del modelo soviético. El filósofo Jan Patocka, ideólogo de aquel ensayo de comunismo amable, volvió a pedir respeto por los derechos humanos en la primavera de 1977. Unos policías con aspecto de frankenstein argumentaron una negativa a puñetazos. Antes del funeral, las autoridades comunistas mandaron cerrar las floristerías de Praga durante todo el día. Temían a la primavera.