Tenemos el amor como el valor absoluto del sentimiento. Tenemos el sexo como el valor absoluto del placer. Tenemos la muerte como el valor absoluto del temor. No podemos imaginarnos nada más intenso que el amor, el sexo y la muerte. Nuestras decisiones no discuten que el fin es dominar el amor, disfrutar el sexo o evitar la muerte. Podemos rechazar cualquier alternativa razonable si choca con nuestra santa trinidad. Elegimos levantados en volandas por el soplido de nuestros muertos. Su desaparición eterna nos hace conscientes de que existimos como consecuencia de la generosidad de su amor y del egoísmo de su sexo. Sabemos, porque entregaron su vida por nosotros, que la muerte es un suceso perfecto e irreversible. Ese es nuestro temor y nuestra alegría. Vivimos en la noche de bodas de un soldado.(Esta última frase parece sacada de un poema de Les Murray).