Frank Horvat

El amor es una flor delicada. Solamente germina y crece en medio de condiciones muy concretas e improbables. Avanza inspirado, tal vez, por la lucidez de Arthur Rimbaud. El poeta iba en un navío en 1876 cuando el barco pasó cerca de la isla de Santa Elena, el hospital emocional en el que los aliados enviaron al criminal más civilizado de la Historia, Napoleón, a que curase su soberbia. Rimbaud pidió al capitán que acercase el barco a la isla para caminar sobre los pasos de Bonaparte. El patrón se negó. El escritor se lanzó el agua y se echó a nadar. Tuvieron que arriar un chalano para devolverlo al barco y al sentido.
Arthur Rimbaud -que había nacido bajo la ampulosidad ridícula de Napoleón III- fue cegado años más tarde por otro fogonazo de amor. Envió versos al único escritor al que admiraba. «Venga, gran amado», contestó Paul Verlaine. Rimbaud había fantaseado con una figura rodeada por un aura de humo de tabaco que se paseaba por los salones parisinos y encontró un chaval sucio de 17 años. Verlaine experimentó el proceso inverso, se entusiasmó con Rimbaud, a quien consideraba «la única riqueza del mundo, a mayores de Jesucristo». Aunque Thomas Bernhard rebaja esa euforia suponiendo que Paul «amaba la fuerza poética y el rostro maravillosamente claro de Arthur, más que nada». Puede que lleve la razón, pero algo de ardor emocional habría entre aquellos dos amantes que recorrieron Europa sin documentos y borrachos de la felicidad de su presente. Tanto era el ardor que Verlaine acabó disparando tres veces contra la mano de Rimbaud en el Café du Rat Mort de Bruselas. Acertó una bala, en el pulso. Es el lugar en el que se comprueba si un desmayado de amor está vivo.