Alain Finkielkraut desvela costumbres tristes de las cités francesas (en La identidad desdichada, Alianza Editorial). Las cités son las barriadas en las que viven los miserables del postcolonialismo, fundamentalmente los nietos del Magreb. Las chavalas deben llevar velo. Algunas valientes evitan cubrir la cabeza, pero no se arriesgan a ponerse falda (ya no a maquillarse o subirse a tacones). Se censuran a llevar pantalón, pero no pantalon y calzado deportivo, no; ha ser pantalón de chándal y chaqueta de chándal. Como atrevimiento, cubren el pelo con una gorra puede hacer las veces del velo. No se puede ser pobre de segunda generacion y nieta de inmigrantes, y al mismo tiempo mujer. Las chicas han de parecer hombres y los hombres más hombres que las muchachas masculinizadas. La falda es una prenda "de prostitutas", según jóvenes nacidos en Europa, que viven en Europa y están educados (aunque parcialmente en muchos casos) en escuelas de Europa. "Las francesas pueden; las árabes, no", resuelven. Además, el amor en público es afeado. Un chaval que coge de la mano a su chica (ya no besarse) pierde feromonas. Finkielkraut fue mi lectura de la madrugada de ayer. Mientras, escuchaba Let's get it lost, en la voz femineizante de Chet Baker, tan temerariamente guapo. Ayer me prestaron las obras completas de Josep Pla, La vida lenta. Desconocía la pulsión sexual del escritor hacia una prostituta (ella vestía falda, supongo) a la que descubrió en un bar de alterne y de postguerra. Pla la recuperó para la vida digna. Jodieron durante una década. En 1952 Aurora se exilió a Argentina con el fin de casarse con la dignidad social. La excitación que causaba en Pla nunca conoció la calma. Siendo anciano, el escritor embarcó para visitarla; en un petrolero. Los dos viejos se cogieron de la mano en público para ir en la busca del tiempo perdido. Desarrollaron un sexo proustiano de sensaciones y recuerdos. "Le retour de l'âge", escribiría Pla.