Marcel Proust desconfiaba de la arquitectura. No exactamente de la arquitectura, sino más bien de procesos relacionados con ella, como los cambios. Su familia, que vivía en París, decidió en 1900 dejar su piso para vivir en la Rue de Courcelles. Marcel se escapó a Venecia mientras duró la mudanza. Cinco años después, tras la muerte de la madre, acabó reconociendo que la arquitectura de los recuerdos le pesaba de manera insorportable. «Mamá se llevó con ella al pequeño Marcel al morir», escribiría. Soportó esa tristeza unos pocos meses. Acabó por resignarse a un nuevo cambio. Como no le apetecía buscar casa, encargó la tarea a su amigo René Peter y se refugió en Versalles. Antes de partir, indicó a René Peter «unas preguntas y exigencias capaces de enloquecer a cualquiera», como indica su biógrafo Jean Yves Tadié. Lo cuenta en el prólogo a Una temporada con Marcel Proust (Bruguera), el libro de memorias que escribió el propio René Peter. Como había profetizado Peter la búsqueda fracasó y, a fines de 1906, Marcel ocupó un apartamento que había sido de un tío suyo en el Boulevard Haussmann. La vivienda no le gustaba porque «mamá no la había conocido».

La casa del tío nunca acabó de convecerlo. La percibía como un modelo del «triunfo del mal gusto burgués», pero acabó viviendo en ella durante doce años pese a «la decoración dorada, el polvo del barrio, el ruido incesante y los árboles que se inclinan contra la ventana».
A pesar de todas las tachas que le ponía a los edificios y a los apartamentos, Proust no dejaba de percibir que la ciudad sería imposible sin arquitectura. Su visión era la misma que describía Michel Foucault cuando hablaba de que en el siglo XIX la ciudad era vista «como un lugar privilegiado, como una excepción en un territorio de campos, bosques y caminos». El filósofo francés explica en una entrevista que aparece ahora recogida en el volumen La ética del pensamiento (Biblioteca Nueva) que el error de los arquitectos fue limitarse a los edificios y al urbanismo renunciando al dominio del ámbito que hay entre ciudad y ciudad. A partir del XIX «los que pensaban el espacio no eran los arquitectos, sino los ingenieros y constructores de puentes, caminos, viaductos, vías férreas,...».
Foucault lamenta que la ordenación del territorio quede fuera del control del arquitecto porque percibe en esos profesionales una mayor preocupación por el factor humano que nos ingenieros. Alega que no se pueden disociar la libertad de las personas, las relaciones entre ellas y los espacios en los que conviven.
En esa línea de pensamiento humanista se encuentra el arquitecto Manuel Gallego Jorreto (O Carballiño, 1936). El ourensano subraya que «la sociedad considera que la arquitectura sobra, que hay que buscar caminos más lógicos; se ve más un papel de capricho, de lujo, de decoración particular». Este discurso de Gallego Jorreto no es nuevo en él. Hace cinco años, cuando los arquitectos eran tan importantes socialmente que se situaron al borde couché de las portadas del Hola!, ya rechazaba la arquitectura espectacular. «Me gusta la arquitectura silenciosa, que se acerca más a las personas, pero no me gusta el ruido ni el espectáculo». Gallego Jorreto se sitúa en la línea de esa arquitectura gallega, que pasó en cinco siglos del orgulloso ensimismamento románico a uno discreto exhibicionismo barroco; se sitúa en la línea de la arquitectura proustiana deudora del regusto que proporciona la memoria.
La arquitectura gallega se caracterizó por respetar los materiales del país, el pasado, los recuerdos y las emociones. Ese rigor se olvidó cuando la riqueza democratizada sacó ese pretencioso grosero que habita en nosotros. Galicia comenzó entonces a emanar una arquitectura ostentosa más propia de un pazo de Versalles o del piso del tío de Proust que de un territorio de humildad, lluvia y frío. Surgió una arquitectura nulamente relacionada con nuestro románico, con nuestro barroco y con nuestro sentimentalismo tartufiano.