Eran una cafetería de Lugo, Galicia, y las cuatro de la tarde. Era yo tratando de concentrarme en leer la furia de Marc Fumaroli contra los burgueses extroskistas que gestionaban Francia en los años 80. Del cabreo le manó 'El Estado cultural. Ensayo sobre una religión moderna' (1991; Acantilado, 2016). Pero en ese momento brilló en el televisor una de esas monadas que el Partido Popular se compra por internet en el catálogo del Zara. La muchacha de las bragas de oro razonaba que "Arnaldo Otegi ni es hombre ni es de paz". Efectivamente, no tuvo una revelación mística de concordia cuando secuestró a Rupérez, pero nunca sabremos si estaba buscando la paz sinceramente años después, cuando lo destinaron por años y un día en Martutene. Añadía la chiquita que "sus delitos los cometió en democracia, por lo que no puede hablar del Estado opresor". Hablaba de oídas porque cuando Otegi jugaba a aterrorizar a los pocos que creían en las urnas, ella se sentía violentada porque su tamagotchi no iba bien de vientre. Hay muchos señores del PP que saben lo que era el Estado opresor -el Estado opresor son los padres-, aunque ya los escondan en la Delegación del Gobierno en la plaza colonial de Barcelona para que inventen hazañas bélicas con las esteladas o en la villa capitolina de Madrid para que permitan que un rebaño esvástico cruce Madrid con aromas serranos a Mesta ovejuna. El ondeo de banderas me parece tan poco estético como el uso de las pashminas, pero no seré yo quien respalde que no haya democracia en según qué sitios. No me apetece que los catalanes se monten su propia España porque acabaría siendo tan vulgar como la España Común, pero me desconcierta que los liberales impostados del Popular (nin a William Buckley se han leído) prohiban a cada yo que se determine. Si hubiesen asistido a los cursos de verano que daban en Marivent, mientras el Rey León navegaba distraídamente, sabrían que la libertad colectiva es una suma de libertades individuales; lo del cuerpo social, Hobbes, el ABC de la civilización. Eran las cuatro de la tarde y era sol, y la niña de Zara cuestionó la hombría de Otegi. La hombría es el último refugio ético de la derecha española, su plan moral B. Los nazis que atravesaban Madrid con las cabezas esquiladas se rajaron la piel del pecho porque una pareja de muchachos -muchacho y muchacho- se dio la felicidad pagana y secesionista de besarse ante ellos y ante sus tatuajes mohosos de cruces celtas. No saben que el miedo a los gays, la fobia al mariconeo, procede del tránsito de las Doce Tribus de Israel a través del desierto faraónico. En ese viaje yermo era determinante que no se perdiese una gotita de semen en sodomías infecundas. Cada gotita de semen era imprescindible para reproducir al pueblo de Israel en aquella caminata secular de relevos. Lo ignoran porque ignorar es lo más y mejor hacen.