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A veces salgo a dar un paseo por la muerte ajena. No es una obsesión, ni siquiera es frecuente. Hace unos mediodías me coincidió pasar ante un tanatorio católico y me asomé. Nada tuvo de acto consciente más que la intriga que nos despierta que se marche un desconocido: es una muerte que no nos duele, o que, al menos, no nos supone una molestia mayor que tener un revés en Bolsa o sufrir el blindaje que cerca el corazón de una mujer. Me asomé y una señora, que era morena y que recorbaba haber sido guapa, me invitó a entrar deduciendo que yo era despistado o tímido, que soy ambas cosas. Entré, pero, una vez dentro, traté de darme la vuelta en el recibidor balbuciendo algo en francés. Mi anfitriona en la celebración póstuma quiso suponer en ese gesto de confusión que estaba buscando el libro de firmas. Me lo indicó estirando el brazo en un gesto breve y suficiente como si no quisiese incomodar a los familiares del muerto, que, por otra parte, eran tres y estaban distraídos evaluando el escándalo de los jugadores de la Selección Española de fútbol. "¿Quién recurre a una prostituta si le está esperando Edurne?", razonaba un hombre mayor, que tenía un bigote razonable, proyectando en Edurne un ars amandi equiparable a su cuerpo y a su dentadura grimosamente blanca. Y una mujer -bastante más joven, pero con su misma nariz severa- asentía. Tras desear al muerto "que Dios lo acoja en su seno con toda su misericordia", puse un nombre falso y un número de carnet improvisado, e hice un dibujo muy en la línea del último Miró, sencilla y efectiva, para firmar. En ese momento sí que trate de marcharme con un poco más de convencimiento, pero la mujer morena y siesa que había sido bella me cogió por el brazo -como si fuese un ciego al que hubiese de guiar- para conducirme a la dependencia en la que estaba el cadáver. En los velatorios, los muertos son exhibidos con una inmoralidad discreta, casi con mal gusto perverso. Se los ve dentro de las cajas de madera barnizadas, que se inclinan hacia delante, tras un escaparate. La sociedad del espectáculo, demonizaba Guy Debord. La muerte nos encoge unos diez centímetros y a este fallecido lo había dejado en un ridículo tamaño de jockey hípico. Tenía grandes las orejas, pero tampoco burlonamente, y las sienes hundidas. Vestía un faldón largo y negro de cura con una botonadura roja que parecía una hilera de cerezas dejadas por Pulgarcito para recordar el camino de vuelta a la vida.