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LA PROMESA más bonita que te pueden hacer en estas jornadas largas de ahogo es un atardecer con el disco de oro de la baraja acostándose sobre Ribadeo. Nunca amé tanto las sombras como en este verano que se prorrogó como si tuviese la trascendencia de los Presupuestos Generales del Estado. Aún ayer sentí toda la vergüenza de que Celso me sorprendiese haciendo un camino zigzagueante de vuelta a casa. Nada comentó porque es discreto, pero me sentí obligado a señalar el sol iracundo para justificar la causa de andar erráticamente, como se caminase sobre un tablero de la oca. Cuando lo encontré iba pensando en La maravillosa historia de Peter Schlemihl, que escribió Adelbert von Chamisso en 1814. En ese relato, Peter vende su sombra al Demonio. A cambio de entregarle esa silueta oscura, que no tiene mayor función que confirmarnos nuestra presencia en el mundo, Peter recibe un saco infinito de monedas valiosas. Desde niño relaciono mi sombra con el ángel de la guardia. Ese ángel viene siendo un escolta gratuito que nos ponen a los de Bilbao según nacemos. Jorge Fernández Díaz también tiene el suyo aunque nació en Barcelona. Le adjudicaron un ángel de la guardia por ser ministro del Interior. Fernández Díaz y más yo debemos de tener razón en valorar nuestras sombras. El personaje de Chamisso, que la vende sin reparos, provoca desconfianza entre los demás al carecer de sombra y acaba solo.