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EN LOS SUPERMERCADOS y en los corros paternos ante los vestuarios futbolísticos escucho ironías sobre esta campaña electoral que entró en bucle el año pasado. Yo no protesto. Nunca nadie -ni mi madre, ni el más amado amigo- hizo unas profecías tan bonitas sobre mi futuro como las que formulan los candidatos. Mis ojos nunca tuvieron un brillo igualable a cuando miran unos comicios. Dan ganas de grabar los mítines con el móvil y escucharlos una y otra vez hasta ser capaz de repetir cada palabra luminosa. «Tendrás un Ave de Lugo a Ribadeo, comerás fuentes de percebes en las fiestas de guardar, volveremos a poner en marcha el camión naranja de gaseosas La Glacial de Riotorto...». Las campañas están preñadas de una tensión dramática entre las promesas de mejora de los gobernantes y las promesas de cambio que hacen los aspirantes. Esos anuncios son un engaño romántico que nos hacemos los políticos y los votantes para ser felices. Lo malo de las campañas es que acaban siendo luz de gas. Este sábado morirán las ilusiones hasta que renazcan en una nueva convocatoria electoral. La proyección sobre la maravillosa vida posterior que nos espera el 26-S en Galicia se esfumará. Los candidatos dejarán de prometer. El sábado harán el mismo que cualquier persona en el fin de semana: escucharán la obertura de Tannhäuser, harán 150 kilómetros en bicicleta y cocinarán pularda rellena de foiegrás.