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NUNCA VOLVÍ a hacer nada tan arriesgado cómo cuando tenía 17 años. Un domingo, después de misa, compré la revista Popular 1 en el kiosco de Vivín. En la portada anunciaban un gran póster central de Iggy Pop. Su éxito del momento era Quiero ser tu perro. A mí me gustaba cantar I wanna be your dog, aunque no comprendía la frase. El cartelón en el que aparecía el cantante tenía metro y medio de alto según lo desplegabas. Desde el tiempo en que Interviú tenía el monopolio del erotismo envuelto en información no había visto anunciar nada de dimensiones tan colosales. El póster ocupaba el corazón de una revista de rock, pero bien podía ocupar el alma de la Penthouse. La fotografía estaba centrada en la silueta del cantante Iggy Pop. Se le veía de cuerpo entero sobre un escenario. Desnudo de medio cuerpo para arriba. El pantalón desabrochado. Iggy Pop tenía el micrófono en una mano y algo similar a un micrófono que le sobresalía por la bragueta en la otra. Como yo quería poner el cartel tras la puerta en la casa paterna, se me ocurrió doblarlo por la mitad. Dejé a la vista la parte superior, la casta. Cada noche, volvía a pegar con dedicación el celo para evitar que se desplegase ante de mis padres. Nunca preguntaron por la especie de champiñón que asomaba sobre la línea inferior. Una tarde de domingo cogí un autobús para ir a estudiar a Santiago. Volví el viernes. Iggy Pop ya no estaba tras la puerta.