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El hombre lleva tratando de alejarse de la naturaleza desde lo mismo momento en que fue expulsado del Jardín del Edén y depositado en una explanada de Etiopía. En ese día lluvioso de un otoño en el eterno año divino la especie humana sigió el convencimiento de que su progreso dependía de la capacidad para aislarse del planeta agrestey rudo. La nostalgia del bosque en el que eclosionó la vida quedó delimitada por la modernidad a los parques, esos espacios de naturaleza ordenada y salvajismo reprimido. De vez en cuando, dejamos que el mundo natural se filtre en los límites de nuestra civilización. No le perdemos el temor, aunque nos creemos seguros porque la bravura esta constreñida por normas humanas. Gracias a esas reglas dejamos que la vida salvaje fluya por las piedras que arrancamos en un día de la naturaleza para erigir casas y estrar calzadas. Lo salvaje atraviesa nuestra civilización sin dañarla. Mondoñedo mantiene la llama de su pasado natural, ahora lejano en siglos. Permite por la feria de las San Lucas que los caballos corran libres por la ciudad que ocupa ahora los campos del Jardín del Edén en los que corrieron sus antepasados. Aquellos días de Paraíso están sepultados por una bella ciudad de granito y pizarra.