El MARTES paré comprar jabón de manos Magno Classic antes de ir al periódico. Empecé a usar ese jabón cuando tenía 19 años y estudiaba en Santiago. Mi habitación en el hostal daba pared con pared con la de Raúl.

Cuando llegué a la redacción supe que la editorial Nocturna me había enviado La península (1970), de Julien Gracq. Es una novela fascinante por lo levísimo de su trama y lo interesante de la lectura. Todo lo que sucede es que un hombre conduce hasta una estación de tren para buscar a su amor. Ella no aparece. Él se marcha a recorrer Bretaña.
El miércoles supe que Taschen había publicado bonitamente Los archivos personales de Stanley Kubrick. Kubrick, bien lo sabe usted, dirigió la película 2001: una odisea en el espacio. Yo acompañé a Raúl porque me convenció y, por mucho que se preocuparme de guiarme, fui incapaz de encontrarle un sentido. La comprensión me vino este viernes, cuando le leí en el libro de Taschen que «lo bueno del cine es que no tienes que explicar las cosas, en 2001 me dirigía al subconsciente del espectador». Me los había acabado, Stanley.
Cuando cojo un texto de Julien Gracq sé que no necesito buscar sentido a las frases. Sencillamente, debo consentir al escritor francés que me vaya arrastrando con su prosa creativa y con la capacidad de encontrar una epifanía en cada barrio y en cada puerto. No ahorra acidez: «Simon era un partidario tan convencido de Bretaña que la idea de que superara a otras provincias, aunque fuese en alcoholismo, le proporcionaba una pizca de vanidad». Nunca percibí el prestigio de beber por botellas, pero aún hay ahora columnistas que exhiben en los periódicos su capacidad para vaciar cristales. Hablan de ello en sus textos como se escribieran para la sección de curiosidades y récords.
Los sesenta años de la muerte de Pío Baroja se cumplen estos días. Admiro su plasticidad. Francisco Umbral, no. «Era un escritor de mesa camilla», le largó a Sánchez Dragó en una entrevista que vi el jueves en You Tube.
El desprecio de Umbral y el aroma varonil del jabón que compré me recordaron la noche en la que quise ser un hombre de acción, como se fuera el Eugenio de Aviraneta que protagoniza la serie de novelas de Baroja. Raúl era un chaval de Vilagarcía. Sorprendía que fuera delgado y pálido porque era el ser más excesivo del hostal. Su capacidad para beberlo todo y leerlo todo era gigantesca. No faltaron las veces en que hube de convencerlo para que bajara de una barra de pub a la que se había subido para recitar la Verlaine y la Apollinaire. En esas ocasiones los confundía y los mezclaba.
Una noche vino a mi habitación para confesarme -para presumir, mejor dicho- que le habían ofrecido 15.000 pesetas por ayudar en un desembarco de tabaco. Era una fortuna en 1994 se tenías 19 años. Al lunes siguiente, Raúl vino a mi cuarto con un paquete rojo. Lo abrió. Contenía una pistoliña brillante, preciosa; de aire femenino. «Es el modelo que usó Verlaine para disparar contra Rimbaud», aseguró. El arma original se va a subastar dentro de un mes en Sotheby's. Fuimos a probarla al cementerio de Boisaca aquella misma madrugada. Caminamos por entre las tumbas con una linterna. Raúl -que parecía más pálido del que era porque había luz de luna- estuvo buscando una lápida concreta. Demos vueltas y vueltas hasta que encontró la lápida de Valle Inclán. Apuntó con la pistola. Disparó. El retroceso del arma y los nervios hicieron que el tiro se perdiera en el vientre de la noche. Nos pareció sentir a la Policía que se acercaba. Nuestra virilidad salió corriendo entre las sepulturas.
En la juventud estaba preocupado por consolidar mi apariencia varonil. Esa manía influyó incluso en la elección de jabón. Me parecía que el Magno Classic me envolvía en masculinidad. Sigo usándolo, aunque ahora sea por la nostalgia proustiana de su aroma.
El lunes supe de la polémica sobre el periodismo cipotudo. Cuando era director de El Mundo, el ahora director de El Español, Pedro J. Ramírez, promocionó un grupo de treintañeros que no habían digerido la adolescencia. Consintió que escribieran inspirados por sus tres feromonas macho: alcohol, sexo y fútbol. Los chavales tenían estilo e ironía, a pesar de que contaban que habían robado la flor a las once mil vírgenes de Apollinaire y que se habían bebido los restos de wishkey que había dejado Hemingway en los vasos de Saint Germain.
Todas aquellas hazañas bélicas ya las me los había leído otros en Trópico de Cáncer. Esa novela pasó por un Decamerón, cuando es una crónica del hambre que padeció Henry Miller durante su estancia en los años 20 en París. Y, para leer algo bien escrito, Julien Gracq siempre va a estar a mano.
La semana pasada apareció en El Español el artículo de En la era de la prosa cipotuda, donde se trituran el fondo y las formas de articulistas como Pérez Reverte, Jabois, Juan Tallón, Jorge Bustos o Antonio Lucas. El autor, Íñigo F. Lomana, usa una técnica de desguace de validez universal: puedes destrozar a cualquier autor escogiendo sus renglones más torcidos.
De los columnistas que escriben en Madrid y que fueron clasificados como cipotudos por Lomana leo a los gallegos. Me divierten a pesar de que no soporto que escritores nacidos tras la disolución de las Cortes franquistas tengan como referente prosas almidonadas y regionalistas como las de Josep Pla o Julio Camba. Raúl nunca me convocó para disparar contra sus tumbas. Desconfío de que el motivo sea que le gustaran. Supongo que no sabía donde están enterrados.
De toda esta estafeta literaria que nos está llegando en estos años desde Madrid quedará Manuel Jabois como quedó Francisco Umbral en su tiempo. Jabois sabe camaleonizarse según le va indicando el olfato. Olió que los lectores están dejando de comprar jabón de aroma varonil.