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Aquella mañana me habían mandado a entrevistar al atardecer a la superiora de la clausura dominica de Lugo, no recuerdo el motivo; asomó con una voz enclaustrada tras la opacidad del torno, y me presenté y ella suspiró un grito que decía: "¡Ah, es usted periodista! ¡No queremos saber nada con los periodistas!" o algo igual de cristiano y misericordioso. La Iglesia católica siempre fue una canalizadora experta de inmensas cantidades de información (piensa en los monasterios medivales); pero rechaza todo conocimiento o noticia que no pase por su nihil obstat. El arzobispo de Santiago pertenece a esa Iglesia Pedes in Terra ad Sidera Visus que determinó durante siglos las gracietas que nos podían hacer gracia y las que debían airarnos, y pretende seguir vigilando el movimiento de nuestros mentones y de nuestros labios; el arzobispo, te decía, está enfadado con Alberto Guitián porque pintó un papa conduciendo inocente y borrachamente un papamóbil de trampa y cartón. No faltaron los refuerzos para este poderoso aquí, en la Tierra, como en el Cielo venido a menos, en la sacrosanta figura de Paula Prado, la señora de los "regalos de la hostia" (perdona la blasfemia, pero la católica Prado habla así de torcido), que para recibir bolsos incorruptos como el brazo de Santa Teresa es agnóstica y para criticar un chiste, es creyente, y Prado, te contaba desafió en plan pugilato de raperos al alcalde de A Coruña (no sé que tiene que ver en esto, pero Prado lo cita) se escarnie y maldiga del Islam. Bien, como razonamiento no va lejos; pero ese fue. A este frente antihumor con lo nuestro se sumó Abogados Cristianos, que tienen un talante conciliador y resignado y dicen que "se aprovechan de los cristianos, que en vez de volar a los autores ofrecemos la otra mejilla", lo que es una tranquilidad para Charlie Hebdó, para Guitián y para las compañías aéreas.