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Los caracoles caminan tan despacio porque son viejos. Nacen ya arrugados y envejecen, sin detenerse un momento en la infancia, sin acelerar su juventud. Esta mañana volvía de la playa de Arnao y tuve que dar un frenazo para no atropellar a varios caracoles que atravesaban la carretera, que es como un ancho pasillo negro entre galaxias. Llevaba un rato lloviendo, con esa intensidad tonta de ducha con la que llueve en verano. Cuando llovizna, los caracoles se atreven a abandonar el camuflaje de los maizales. Lo hacen de modo individual porque la determinación lo va cubriendo a cada uno en función de su valentía. Atraviesan las carreteras dejando una estela de humo verde que tiene su línea paralela en el cielo, en la espuma que arrastran los aviones. Había ido a la playa ayer, cuando el sol se desmayaba sobre Arnao. La penúltima hora de luz es muy agradable para buscar la orilla del mar porque solamente hay personas inesperadas. Me encontré a tres adolescentes ejecutando un baile ritual de reggaeton que subir a intenet y a una pareja de lectores que no sabían como decirse entre ellos que ler sobre la arena es frío, incómodo, desagrable y ridículo. Hacía meses que no veía a Luís. La marea se había arremangado hasta lo codos, por lo que Arnao estaba grande. Reconocí a Luís por su forma de andar. Es un hombre fuerte en el sentido marinero de la palabra, de haber nacido fuerte y no de haberse hecho fuerte. Mientras venía hacia mí, en traje de baño negro y una vara en la mano, supuse que había estado cogiendo pulpos entre las rocas de la parte más forastera de la playa. Caminaba con la ligereza y la ambición de los atletas que se digirían a la dorada Olimpo. A lo largo de su camino estuve tratando de recordar cuándo nos conocimos, cuándo más que dónde; pero los dos somos de Ribadeo y en los pueblos el tiempo es circular, por lo que no se puede fijar el momento en el que suceden los encuentros, ni tampoco cuando sucedieron o sucederán. Es más, no hay encuentros; un día naces y al otro coincides. Luís tiene algunos años más que yo, sin que yo pueda enumerar con mis dedos cuántos son, pero me llegarían las dos manos. En los pueblos, estaba diciendo, solamente importan los dedos de los años hasta que superas los treinta. Luís me sonrió y me dio una palmada en el hombro desnudo y me habló de la novela del amigo común, de esa que el amigo común dice que protagoniza un antepasado suyo, asegura que investigó en un archivo familiar. Luís dice que el amigo común es un impostor porque puso en el sitio de su antepasado, real, a otro hombre llamado igual que no era carne de su carne. Y me dolió porque puedo contar con los dedos todos los años durante los que creí la historia que me contaba el amigo común, tantas fueron las veces en las que me dio detalles sobre lo que había encontrado en los papeles de la biblioteca casera sobre su héroe antecesor. Para cambiar de tema con Luis, porque la ira me estaba mordiendo el corazón, le pregunté por su situación. Su cara se desplomó. Me contó que la Xunta lo había engañado con contratos sucesivos que dejaron de sucederse, por lo que llevaba cinco años viviendo de "ese estado del bienestar que afortunadamente tenemos", llevaba años mordisqueando la vida a bocaditos para no morirse de hambre, como los caracoles mordisquean las lechugas, sen atreverse a comérselas como les piden sus estómagos de hipopótamo. Pero entonces Luís tuvo un amanecer instantáneo, levantó la vista y miró a la playa, y después a la ría en la que se prolonga. Entonces, dijo: "Bueno, pero tenemos esta maravilla". También miró la vara que llevaba en la mano para explicarme que era el soporte de un cochete que había subido muy alto para anunciar una fiesta, una celebración de vida y amor, que ese palo largilucho se había elevado hasta el cielo azul, sobre los maizales por entre los que salen los caracoles cuando llovizna. Ese ruido que explota es sus tarjeta de invitación a todos los vecinos de la comarca.