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El carnicero estaba guillotinando una gallina llamada María Antonieta y una clienta, ya con ropa de alivio de luto, encendía a otra: "Pois eu non sentín nin unha badalada por ela" ("Pues yo no escuché ni una campanada por ella"). En Ribadeo, como en otros pueblos centroeuropeos, las campanas todavía responden a la pregunta de Hemingway y doblan por los muertos. Al carnicero se le murió la gallina; a las señoras, alguien que no conozco, y a mí, Jeanne Moreau. Estaba bañándome en medio de la ría, que tiene el mismo color verde que pedían los alemanes tuertos de Verdún para sus ojos de cristal, cuando pensé en Ascenseur pour l'echafaud, el ascensor al cadalso de Loius Malle. Me acordé de la banda sonora desabrigada que grabó Miles Davis en una noche zombie durante la que Moreau se encargó de pasarle un wishky "straigth, sin hielo" tras otro cada vez que tomaba aire, el aire caliente de París en aquel verano.