Weegee-25

Después de la salvajada sobre ruedas de Barcelona, Xosé Carlos Caneiro, un escritor gallego que se orgullece de ser "provinciano y católico", pubicaba un artículo en el que maridaba la voluntad yihadista con la voluntad independentista de un buen trecho de la sociedad catalana. Levanta su índice para acusar de haber "permitido" el atentado al tabernáculo secesionista. Aseguraba ayer, ancha y largamente, que el Govern anda tan fascinado con confeccionar una nación tangente con España que es culpable de los muertos de las Ramblas in vigilando. No le había leído nada tan cruel desde que festejó unos despidos de periodistas en El País Galicia. Provinciano y católico, se dice Caneiro; uno no debe tender sus carencias al sol de la mañana. Los tuiteros acodados al fondo de la barra y los discretos sinceros se querellan criminalmente contra los medios de iniformación por publicar fotografías exactas y desagradables. No apartan la mirada, les salen al paso para taparse, ritualmente, los ojos con los cinco dedos. Los editorialistas les explican que el horror hay que exhibirlo hasta que el cansancio del alma con el lenguaje del OJD. No sé de qué lado sentarme. De ninguno. Me he evitado ver el dolor de los demás porque no quería sentirlo. Mi trabajo ya no es bajar a ese magma; mi interés, tampoco. José Precedo publica un tweet delatando moralmente a cinco periodistas por saltarse un cordón policial. Conozco el nombre de Precedo porque fue uno de los profesionales con los que Caneiro amasó empanadillas de Carnaval cuando fueron despedidos, pero le había perdido la pista. Lo veo con un micrófono en televisiones de Madrid, y eso es bueno. No comprendo que agite el hisopo contra la audacia de cinco colegas. Hiede a envidia revestida de actitud censora. Pero, diré la verdad, me alegra que haya cinco graduados en la Vieja Escuela. "Esto no pasada cuando en la prensa no había superhéroes", admoniza Precedo en Twitter, como si hubiese conocido el amado siglo XX en el que los periodistas apretaban el culo porque la noticia ya había levantado vuelo en la calle y no porque se les interrumpiese la conexión a internet en la redacción. En las vísperas del Milenio no había Buzzfeed de fragancia juvenil, ni siquiera Tinder solitario. El periodismo era atrevido, hambriento, despiadado. Trato de fechar a Precedo. Empezó a trabajar en los primeros meses del Milenio. En ese año, cuando festejamos haber negado a San Malaquías, yo ya me había ganado más de un empujón insolente de un subinspector por saltarme un cordón policial para acercarme una señora de toda la vida cuarteada en Monforte; había soportado en silencio cínico broncas de beneméritos por fotografíar hippies muertos en Os Ancares; el director de la cárcel de A Lama me había propuesto para coger tickets en el INEM por entrevistar a presos sin su autorización, y ya había entrado en La Morgue viguesa conducido por un catedrático con flash para retratar a un chaval enterrado horizontalmente en un archivador,.... Sabía que aquello me amargaba, pero estaba contemplado en nómina. En esos años aprendí de Weegee que el periodismo no es un arte apolíneo, sino un caos telúrico, y escribí con un Staedtler 2 mi lista de cadáveres. Ahora no soporto el olor de esa sangre de luna blanca con la que entintábamos periódicos, pero no voy a prender fuego a mis pesadillas avergonzadas en el patio de atrás. Los maestros de la Vieja Escuela me enseñaron a dirigirme de cabeza al suceso, saltar a la carrera el precinto policial, recoger los datos con las punta de los dedos y salir pitando a la máquina de escribir sin esperar a salvoconductos. Ellos hacían periodismo, no contenidos para redes sociales.