ESPERANDO AL SÉPTIMO DE CABALLERÍA. SÍ, OTRO BLOG DE JAUREGUIZAR

19 août 2017

YO, QUE HE SALTADO PRECINTOS

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Después de la salvajada sobre ruedas de Barcelona, Xosé Carlos Caneiro, un escritor gallego que se orgullece de ser "provinciano y católico", pubicaba un artículo en el que maridaba la voluntad yihadista con la voluntad independentista de un buen trecho de la sociedad catalana. Levanta su índice para acusar de haber "permitido" el atentado al tabernáculo secesionista. Aseguraba ayer, ancha y largamente, que el Govern anda tan fascinado con confeccionar una nación tangente con España que es culpable de los muertos de las Ramblas in vigilando. No le había leído nada tan cruel desde que festejó unos despidos de periodistas en El País Galicia. Provinciano y católico, se dice Caneiro; uno no debe tender sus carencias al sol de la mañana. Los tuiteros acodados al fondo de la barra y los discretos sinceros se querellan criminalmente contra los medios de iniformación por publicar fotografías exactas y desagradables. No apartan la mirada, les salen al paso para taparse, ritualmente, los ojos con los cinco dedos. Los editorialistas les explican que el horror hay que exhibirlo hasta que el cansancio del alma con el lenguaje del OJD. No sé de qué lado sentarme. De ninguno. Me he evitado ver el dolor de los demás porque no quería sentirlo. Mi trabajo ya no es bajar a ese magma; mi interés, tampoco. José Precedo publica un tweet delatando moralmente a cinco periodistas por saltarse un cordón policial. Conozco el nombre de Precedo porque fue uno de los profesionales con los que Caneiro amasó empanadillas de Carnaval cuando fueron despedidos, pero le había perdido la pista. Lo veo con un micrófono en televisiones de Madrid, y eso es bueno. No comprendo que agite el hisopo contra la audacia de cinco colegas. Hiede a envidia revestida de actitud censora. Pero, diré la verdad, me alegra que haya cinco graduados en la Vieja Escuela. "Esto no pasada cuando en la prensa no había superhéroes", admoniza Precedo en Twitter, como si hubiese conocido el amado siglo XX en el que los periodistas apretaban el culo porque la noticia ya había levantado vuelo en la calle y no porque se les interrumpiese la conexión a internet en la redacción. En las vísperas del Milenio no había Buzzfeed de fragancia juvenil, ni siquiera Tinder solitario. El periodismo era atrevido, hambriento, despiadado. Trato de fechar a Precedo. Empezó a trabajar en los primeros meses del Milenio. En ese año, cuando festejamos haber negado a San Malaquías, yo ya me había ganado más de un empujón insolente de un subinspector por saltarme un cordón policial para acercarme una señora de toda la vida cuarteada en Monforte; había soportado en silencio cínico broncas de beneméritos por fotografíar hippies muertos en Os Ancares; el director de la cárcel de A Lama me había propuesto para coger tickets en el INEM por entrevistar a presos sin su autorización, y ya había entrado en La Morgue viguesa conducido por un catedrático con flash para retratar a un chaval enterrado horizontalmente en un archivador,.... Sabía que aquello me amargaba, pero estaba contemplado en nómina. En esos años aprendí de Weegee que el periodismo no es un arte apolíneo, sino un caos telúrico, y escribí con un Staedtler 2 mi lista de cadáveres. Ahora no soporto el olor de esa sangre de luna blanca con la que entintábamos periódicos, pero no voy a prender fuego a mis pesadillas avergonzadas en el patio de atrás. Los maestros de la Vieja Escuela me enseñaron a dirigirme de cabeza al suceso, saltar a la carrera el precinto policial, recoger los datos con las punta de los dedos y salir pitando a la máquina de escribir sin esperar a salvoconductos. Ellos hacían periodismo, no contenidos para redes sociales.

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17 août 2017

EL CHÓFER QUE SOÑABA CON SER DIOS

 

 

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A Nicolás Maduro no le gusta la democracia. Bueno, tampoco es preocupante. Roger Stone dejó de creer en ese sistema hace tiempo y a mí, si se me permite, no me entusiasma. A Nicolás Maduro no le gusta un carallo la democracia porque ese modelo cuestiona su estancia de hotel con pulsera en el poder. Si algún día cede a su magnofilia y convoca otras elecciones libres puede volver a perderlas. Y la finalidad de las urnas no debe ser que se vaya, evidentemente; sino confirmarlo en el puesto. Maduro no se envuelve en la bandera de Venezuela, sino que encargó un patrón para que se la cosiesen como un chándal. El sastre hizo tan artesanalmente su tarea que la ropa amarilla, azul y roja se confunden con su piel -nuestra parte más íntima, decía Valéry- de modo que Maduro es Venezuela y Venezuela es Maduro. Es una fusión sin tangencias. Dada esa identificación, el presidente que se viste en Decathlon decidió fundir también los poderes para crear uno y trino a sus órdenes. Los escritores que fantasearon con la democracia española en 1978 hicieron esa misma de grosería de reunir todos los poderes en el Congreso de los Diputados, de modo que el poder legislativo designa tanto el poder ejecutivo como el poder judicial. Una risa. Roger Stone, el estratega que convirtió a Donald Trump en presidente, lleva treinta años analizando y usando la estructura del poder en Washington. Stone participó del sistema democrático desde su interior y se benefició indicando la senda de la Gloria a Richard Nixon y a George Bush, vivió integrado en el ejercicio del poder a través del Partido Republicano hasta que la formación prescindió de su habilidad. Al encontrarse fuera de la esfera que se había convertido en su medio natural, sintió una ira desmesurada. Esa rabia le permitió identificarse, curiosamente, con los colectivos de asalariados blancos que comprobaban como el progreso y la mundialización iban restándoles ingresos e, incluso, empleos. Stone, en línea con Sloterdijk, comprendió que el odio es una fuerza mucho más violenta y transformadora que el amor, y reconoció la capacidad de improvisación de Trump como los raíles para conducirlo al poder. Tuvo la habilidad de manipular a la clase obrera -espero que ningún zizekista esté leyendo esto- para cambiar la Historia del planeta, pero ese éxito no le hizo abandonar su convicción de que la democracia es la forma más estética de hacerse con el gobierno de un país. Meses más tarde, el proletariado ario norteamericano continúa comiento ira en su plato de miseria, pero la élite de los elefantes ha sido desplazada por la elite de los constructores de edificios, muros fronterizos  y desastres ecológicos. Me sorprende que no se hayan dado cuenta y anden paseándose con antorchas por los campus universitarios -los viveros del saber y el progreso-. Por lo menos, los nazis de verdad eran erigidos en estrellas de Hollywood por Leni Riefenstahl.

Hay un cuento del escritor israelí Etgar Keret, El conductor de autobús que quería ser Dios, sobre un hombre que se pretendía divino y, en su defecto, chófer de bus. Como el puesto del Creador indarwinista está ocupado para toda la eternidad, el hombre se conforma con ser chófer. Mi sorpresa con Keret es que no haga que su personaje aspire a un segundo puesto en el listado del poder, el puesto de presidente de un gobierno. Al fin y al cabo, ser Dios o presidente requiere formación, pero para llevar un autobús por las calles de Caracas se necesita aprobar un examen.

31 juillet 2017

MARÍA ANTONIETA, UNA GALLINA

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El carnicero estaba guillotinando una gallina llamada María Antonieta y una clienta, ya con ropa de alivio de luto, encendía a otra: "Pois eu non sentín nin unha badalada por ela" ("Pues yo no escuché ni una campanada por ella"). En Ribadeo, como en otros pueblos centroeuropeos, las campanas todavía responden a la pregunta de Hemingway y doblan por los muertos. Al carnicero se le murió la gallina; a las señoras, alguien que no conozco, y a mí, Jeanne Moreau. Estaba bañándome en medio de la ría, que tiene el mismo color verde que pedían los alemanes tuertos de Verdún para sus ojos de cristal, cuando pensé en Ascenseur pour l'echafaud, el ascensor al cadalso de Loius Malle. Me acordé de la banda sonora desabrigada que grabó Miles Davis en una noche zombie durante la que Moreau se encargó de pasarle un wishky "straigth, sin hielo" tras otro cada vez que tomaba aire, el aire caliente de París en aquel verano. 

 

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LOS CARACOLES SON VIEJOS

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Los caracoles caminan tan despacio porque son viejos. Nacen ya arrugados y envejecen, sin detenerse un momento en la infancia, sin acelerar su juventud. Esta mañana volvía de la playa de Arnao y tuve que dar un frenazo para no atropellar a varios caracoles que atravesaban la carretera, que es como un ancho pasillo negro entre galaxias. Llevaba un rato lloviendo, con esa intensidad tonta de ducha con la que llueve en verano. Cuando llovizna, los caracoles se atreven a abandonar el camuflaje de los maizales. Lo hacen de modo individual porque la determinación lo va cubriendo a cada uno en función de su valentía. Atraviesan las carreteras dejando una estela de humo verde que tiene su línea paralela en el cielo, en la espuma que arrastran los aviones. Había ido a la playa ayer, cuando el sol se desmayaba sobre Arnao. La penúltima hora de luz es muy agradable para buscar la orilla del mar porque solamente hay personas inesperadas. Me encontré a tres adolescentes ejecutando un baile ritual de reggaeton que subir a intenet y a una pareja de lectores que no sabían como decirse entre ellos que ler sobre la arena es frío, incómodo, desagrable y ridículo. Hacía meses que no veía a Luís. La marea se había arremangado hasta lo codos, por lo que Arnao estaba grande. Reconocí a Luís por su forma de andar. Es un hombre fuerte en el sentido marinero de la palabra, de haber nacido fuerte y no de haberse hecho fuerte. Mientras venía hacia mí, en traje de baño negro y una vara en la mano, supuse que había estado cogiendo pulpos entre las rocas de la parte más forastera de la playa. Caminaba con la ligereza y la ambición de los atletas que se digirían a la dorada Olimpo. A lo largo de su camino estuve tratando de recordar cuándo nos conocimos, cuándo más que dónde; pero los dos somos de Ribadeo y en los pueblos el tiempo es circular, por lo que no se puede fijar el momento en el que suceden los encuentros, ni tampoco cuando sucedieron o sucederán. Es más, no hay encuentros; un día naces y al otro coincides. Luís tiene algunos años más que yo, sin que yo pueda enumerar con mis dedos cuántos son, pero me llegarían las dos manos. En los pueblos, estaba diciendo, solamente importan los dedos de los años hasta que superas los treinta. Luís me sonrió y me dio una palmada en el hombro desnudo y me habló de la novela del amigo común, de esa que el amigo común dice que protagoniza un antepasado suyo, asegura que investigó en un archivo familiar. Luís dice que el amigo común es un impostor porque puso en el sitio de su antepasado, real, a otro hombre llamado igual que no era carne de su carne. Y me dolió porque puedo contar con los dedos todos los años durante los que creí la historia que me contaba el amigo común, tantas fueron las veces en las que me dio detalles sobre lo que había encontrado en los papeles de la biblioteca casera sobre su héroe antecesor. Para cambiar de tema con Luis, porque la ira me estaba mordiendo el corazón, le pregunté por su situación. Su cara se desplomó. Me contó que la Xunta lo había engañado con contratos sucesivos que dejaron de sucederse, por lo que llevaba cinco años viviendo de "ese estado del bienestar que afortunadamente tenemos", llevaba años mordisqueando la vida a bocaditos para no morirse de hambre, como los caracoles mordisquean las lechugas, sen atreverse a comérselas como les piden sus estómagos de hipopótamo. Pero entonces Luís tuvo un amanecer instantáneo, levantó la vista y miró a la playa, y después a la ría en la que se prolonga. Entonces, dijo: "Bueno, pero tenemos esta maravilla". También miró la vara que llevaba en la mano para explicarme que era el soporte de un cochete que había subido muy alto para anunciar una fiesta, una celebración de vida y amor, que ese palo largilucho se había elevado hasta el cielo azul, sobre los maizales por entre los que salen los caracoles cuando llovizna. Ese ruido que explota es sus tarjeta de invitación a todos los vecinos de la comarca.

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15 février 2017

PANADEROS ADVENTISTAS DEL 7º DÍA

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Aquella mañana me habían mandado a entrevistar al atardecer a la superiora de la clausura dominica de Lugo, no recuerdo el motivo; asomó con una voz enclaustrada tras la opacidad del torno, y me presenté y ella suspiró un grito que decía: "¡Ah, es usted periodista! ¡No queremos saber nada con los periodistas!" o algo igual de cristiano y misericordioso. La Iglesia católica siempre fue una canalizadora experta de inmensas cantidades de información (piensa en los monasterios medivales); pero rechaza todo conocimiento o noticia que no pase por su nihil obstat. El arzobispo de Santiago pertenece a esa Iglesia Pedes in Terra ad Sidera Visus que determinó durante siglos las gracietas que nos podían hacer gracia y las que debían airarnos, y pretende seguir vigilando el movimiento de nuestros mentones y de nuestros labios; el arzobispo, te decía, está enfadado con Alberto Guitián porque pintó un papa conduciendo inocente y borrachamente un papamóbil de trampa y cartón. No faltaron los refuerzos para este poderoso aquí, en la Tierra, como en el Cielo venido a menos, en la sacrosanta figura de Paula Prado, la señora de los "regalos de la hostia" (perdona la blasfemia, pero la católica Prado habla así de torcido), que para recibir bolsos incorruptos como el brazo de Santa Teresa es agnóstica y para criticar un chiste, es creyente, y Prado, te contaba desafió en plan pugilato de raperos al alcalde de A Coruña (no sé que tiene que ver en esto, pero Prado lo cita) se escarnie y maldiga del Islam. Bien, como razonamiento no va lejos; pero ese fue. A este frente antihumor con lo nuestro se sumó Abogados Cristianos, que tienen un talante conciliador y resignado y dicen que "se aprovechan de los cristianos, que en vez de volar a los autores ofrecemos la otra mejilla", lo que es una tranquilidad para Charlie Hebdó, para Guitián y para las compañías aéreas.

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13 novembre 2016

EL DESPRECIO Y EL AROMA

El MARTES paré comprar jabón de manos Magno Classic antes de ir al periódico. Empecé a usar ese jabón cuando tenía 19 años y estudiaba en Santiago. Mi habitación en el hostal daba pared con pared con la de Raúl.

Cuando llegué a la redacción supe que la editorial Nocturna me había enviado La península (1970), de Julien Gracq. Es una novela fascinante por lo levísimo de su trama y lo interesante de la lectura. Todo lo que sucede es que un hombre conduce hasta una estación de tren para buscar a su amor. Ella no aparece. Él se marcha a recorrer Bretaña.
El miércoles supe que Taschen había publicado bonitamente Los archivos personales de Stanley Kubrick. Kubrick, bien lo sabe usted, dirigió la película 2001: una odisea en el espacio. Yo acompañé a Raúl porque me convenció y, por mucho que se preocuparme de guiarme, fui incapaz de encontrarle un sentido. La comprensión me vino este viernes, cuando le leí en el libro de Taschen que «lo bueno del cine es que no tienes que explicar las cosas, en 2001 me dirigía al subconsciente del espectador». Me los había acabado, Stanley.
Cuando cojo un texto de Julien Gracq sé que no necesito buscar sentido a las frases. Sencillamente, debo consentir al escritor francés que me vaya arrastrando con su prosa creativa y con la capacidad de encontrar una epifanía en cada barrio y en cada puerto. No ahorra acidez: «Simon era un partidario tan convencido de Bretaña que la idea de que superara a otras provincias, aunque fuese en alcoholismo, le proporcionaba una pizca de vanidad». Nunca percibí el prestigio de beber por botellas, pero aún hay ahora columnistas que exhiben en los periódicos su capacidad para vaciar cristales. Hablan de ello en sus textos como se escribieran para la sección de curiosidades y récords.
Los sesenta años de la muerte de Pío Baroja se cumplen estos días. Admiro su plasticidad. Francisco Umbral, no. «Era un escritor de mesa camilla», le largó a Sánchez Dragó en una entrevista que vi el jueves en You Tube.
El desprecio de Umbral y el aroma varonil del jabón que compré me recordaron la noche en la que quise ser un hombre de acción, como se fuera el Eugenio de Aviraneta que protagoniza la serie de novelas de Baroja. Raúl era un chaval de Vilagarcía. Sorprendía que fuera delgado y pálido porque era el ser más excesivo del hostal. Su capacidad para beberlo todo y leerlo todo era gigantesca. No faltaron las veces en que hube de convencerlo para que bajara de una barra de pub a la que se había subido para recitar la Verlaine y la Apollinaire. En esas ocasiones los confundía y los mezclaba.
Una noche vino a mi habitación para confesarme -para presumir, mejor dicho- que le habían ofrecido 15.000 pesetas por ayudar en un desembarco de tabaco. Era una fortuna en 1994 se tenías 19 años. Al lunes siguiente, Raúl vino a mi cuarto con un paquete rojo. Lo abrió. Contenía una pistoliña brillante, preciosa; de aire femenino. «Es el modelo que usó Verlaine para disparar contra Rimbaud», aseguró. El arma original se va a subastar dentro de un mes en Sotheby's. Fuimos a probarla al cementerio de Boisaca aquella misma madrugada. Caminamos por entre las tumbas con una linterna. Raúl -que parecía más pálido del que era porque había luz de luna- estuvo buscando una lápida concreta. Demos vueltas y vueltas hasta que encontró la lápida de Valle Inclán. Apuntó con la pistola. Disparó. El retroceso del arma y los nervios hicieron que el tiro se perdiera en el vientre de la noche. Nos pareció sentir a la Policía que se acercaba. Nuestra virilidad salió corriendo entre las sepulturas.
En la juventud estaba preocupado por consolidar mi apariencia varonil. Esa manía influyó incluso en la elección de jabón. Me parecía que el Magno Classic me envolvía en masculinidad. Sigo usándolo, aunque ahora sea por la nostalgia proustiana de su aroma.
El lunes supe de la polémica sobre el periodismo cipotudo. Cuando era director de El Mundo, el ahora director de El Español, Pedro J. Ramírez, promocionó un grupo de treintañeros que no habían digerido la adolescencia. Consintió que escribieran inspirados por sus tres feromonas macho: alcohol, sexo y fútbol. Los chavales tenían estilo e ironía, a pesar de que contaban que habían robado la flor a las once mil vírgenes de Apollinaire y que se habían bebido los restos de wishkey que había dejado Hemingway en los vasos de Saint Germain.
Todas aquellas hazañas bélicas ya las me los había leído otros en Trópico de Cáncer. Esa novela pasó por un Decamerón, cuando es una crónica del hambre que padeció Henry Miller durante su estancia en los años 20 en París. Y, para leer algo bien escrito, Julien Gracq siempre va a estar a mano.
La semana pasada apareció en El Español el artículo de En la era de la prosa cipotuda, donde se trituran el fondo y las formas de articulistas como Pérez Reverte, Jabois, Juan Tallón, Jorge Bustos o Antonio Lucas. El autor, Íñigo F. Lomana, usa una técnica de desguace de validez universal: puedes destrozar a cualquier autor escogiendo sus renglones más torcidos.
De los columnistas que escriben en Madrid y que fueron clasificados como cipotudos por Lomana leo a los gallegos. Me divierten a pesar de que no soporto que escritores nacidos tras la disolución de las Cortes franquistas tengan como referente prosas almidonadas y regionalistas como las de Josep Pla o Julio Camba. Raúl nunca me convocó para disparar contra sus tumbas. Desconfío de que el motivo sea que le gustaran. Supongo que no sabía donde están enterrados.
De toda esta estafeta literaria que nos está llegando en estos años desde Madrid quedará Manuel Jabois como quedó Francisco Umbral en su tiempo. Jabois sabe camaleonizarse según le va indicando el olfato. Olió que los lectores están dejando de comprar jabón de aroma varonil.

18 octobre 2016

CABALGANDO EL JARDÍN DEL EDÉN

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El hombre lleva tratando de alejarse de la naturaleza desde lo mismo momento en que fue expulsado del Jardín del Edén y depositado en una explanada de Etiopía. En ese día lluvioso de un otoño en el eterno año divino la especie humana sigió el convencimiento de que su progreso dependía de la capacidad para aislarse del planeta agrestey rudo. La nostalgia del bosque en el que eclosionó la vida quedó delimitada por la modernidad a los parques, esos espacios de naturaleza ordenada y salvajismo reprimido. De vez en cuando, dejamos que el mundo natural se filtre en los límites de nuestra civilización. No le perdemos el temor, aunque nos creemos seguros porque la bravura esta constreñida por normas humanas. Gracias a esas reglas dejamos que la vida salvaje fluya por las piedras que arrancamos en un día de la naturaleza para erigir casas y estrar calzadas. Lo salvaje atraviesa nuestra civilización sin dañarla. Mondoñedo mantiene la llama de su pasado natural, ahora lejano en siglos. Permite por la feria de las San Lucas que los caballos corran libres por la ciudad que ocupa ahora los campos del Jardín del Edén en los que corrieron sus antepasados. Aquellos días de Paraíso están sepultados por una bella ciudad de granito y pizarra.

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04 octobre 2016

LOS MÍOS

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Soy resolutivo tomando decisiones. Tanto que puedo adoptar varias contradictorias en menos de un minuto. La vida consiste en comer, dormir, soltar el vientre y escoger. Las tres primeras actividades suelo hacerlas con horarios regulares y sin dificultades reseñables. Escoger se me da peor. Como no paro de encontrar ventajas y perjuicios en cada opción, dejo que me empuje el instinto para inclinarme por una o por otra. Permito que me guíe, limpiamente, la dirección en la que sopla el viento. En otras ocasiones ateniendo a lo que haga la mayoría, que son más que yo y que me ganan en suma de experiencia vital. Las únicas decisiones que me amargan son las políticas. Quedan girando en mi cabeza como en una cinta de Moebius. Eso que nunca pierdo una votación. Me parece un lujo escoger gobernantes. Desconfío de la gente que asegura que los políticos son ladrones. Todos tenemos un precio tasado por la posibilidad y por la ética. Tampoco comparto la desconfianza hacia el criterio de los votantes. Cada vez que hay elecciones sale algún perdedor cabeceando contra el muro de las lamentaciones que el pueblo se equivocó. Un poeta diputado escribió que la ciudadanía gallega es «esclava», «alienada e ignorante». Su lenguaje político se atascó en Marx y Castelao. Sin embargo, Lugo acertó al votar para que él disfrutara de un sofá soberbio en Cortes. A ver, la gente corriente no es infalible. Yo acierto al votar, pero en la cama me doy cuenta del error desgarrador: los míos nunca salen elegidos.

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27 septembre 2016

INTERIOR POP

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NUNCA VOLVÍ a hacer nada tan arriesgado cómo cuando tenía 17 años. Un domingo, después de misa, compré la revista Popular 1 en el kiosco de Vivín. En la portada anunciaban un gran póster central de Iggy Pop. Su éxito del momento era Quiero ser tu perro. A mí me gustaba cantar I wanna be your dog, aunque no comprendía la frase. El cartelón en el que aparecía el cantante tenía metro y medio de alto según lo desplegabas. Desde el tiempo en que Interviú tenía el monopolio del erotismo envuelto en información no había visto anunciar nada de dimensiones tan colosales. El póster ocupaba el corazón de una revista de rock, pero bien podía ocupar el alma de la Penthouse. La fotografía estaba centrada en la silueta del cantante Iggy Pop. Se le veía de cuerpo entero sobre un escenario. Desnudo de medio cuerpo para arriba. El pantalón desabrochado. Iggy Pop tenía el micrófono en una mano y algo similar a un micrófono que le sobresalía por la bragueta en la otra. Como yo quería poner el cartel tras la puerta en la casa paterna, se me ocurrió doblarlo por la mitad. Dejé a la vista la parte superior, la casta. Cada noche, volvía a pegar con dedicación el celo para evitar que se desplegase ante de mis padres. Nunca preguntaron por la especie de champiñón que asomaba sobre la línea inferior. Una tarde de domingo cogí un autobús para ir a estudiar a Santiago. Volví el viernes. Iggy Pop ya no estaba tras la puerta.

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21 septembre 2016

LA GLACIAL

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EN LOS SUPERMERCADOS y en los corros paternos ante los vestuarios futbolísticos escucho ironías sobre esta campaña electoral que entró en bucle el año pasado. Yo no protesto. Nunca nadie -ni mi madre, ni el más amado amigo- hizo unas profecías tan bonitas sobre mi futuro como las que formulan los candidatos. Mis ojos nunca tuvieron un brillo igualable a cuando miran unos comicios. Dan ganas de grabar los mítines con el móvil y escucharlos una y otra vez hasta ser capaz de repetir cada palabra luminosa. «Tendrás un Ave de Lugo a Ribadeo, comerás fuentes de percebes en las fiestas de guardar, volveremos a poner en marcha el camión naranja de gaseosas La Glacial de Riotorto...». Las campañas están preñadas de una tensión dramática entre las promesas de mejora de los gobernantes y las promesas de cambio que hacen los aspirantes. Esos anuncios son un engaño romántico que nos hacemos los políticos y los votantes para ser felices. Lo malo de las campañas es que acaban siendo luz de gas. Este sábado morirán las ilusiones hasta que renazcan en una nueva convocatoria electoral. La proyección sobre la maravillosa vida posterior que nos espera el 26-S en Galicia se esfumará. Los candidatos dejarán de prometer. El sábado harán el mismo que cualquier persona en el fin de semana: escucharán la obertura de Tannhäuser, harán 150 kilómetros en bicicleta y cocinarán pularda rellena de foiegrás.

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