ESPERANDO AL SÉPTIMO DE CABALLERÍA

09 août 2016

LOS CUERNOS AL SOL

El domingo me pareció que hacía sol. Vivir desacompañado en un sótano con un ventanuco anima a sentirse reconfortado (como el preso ferozmente incomprendido por los inquilinos del pasado que fue Oscar Wilde en Reading), pero dificulta contemplar la vida. Me sobrepuse y salí a dar un paseo por las Cuatro Calles de Ribadeo (Cuatro Calles, no Catro Rúas; en español desde el siglo XVIII. Lo sé porque los bárbaros arrasaron la Ilustración gallega de Ibañez en ese cruce). Entré en la librería de Andrés para comprarme la Jot Down Smart, que nunca había visto en papel. Por lo que olisqueé en internet me parece la publicación más sugerente que ha salido en España desde 1984. No la he leído porque Chef's Table ocupa mi sofá de cuero gastadopero he dejado correr las páginas. Y bien. Es bonita. Me gusta su uso contenido de la fotografía (y el blanconegrismo de las imágenes), me gusta el manejo de la tipografía para realzar las páginas. Me disgustan los pasajes visualmente muertos y las piezas que comienzan en par (desconcierta sobre el comienzo de las piezas). Con la Jot me dieron El País. Emociona que un periódico notable y panhispano como El País dedique una página a la relación de Thomas Bernhard con Salzburgo y con Austria. Decepciona que Rubén Amón se moleste en escribir tantos caracteres para que trasluzca que no ha leído su obra o, en el peor de los casos, no la ha entendido. En un artículo inferior, Juan Cruz llueve sobre mojado. Copia dos párrafos de un libro para elevar su texto a la categoría de artículo que adorna con los tópicos falsos que ya contaba Amón. Bernhard padecía una parafilia con Salzsburgo y Austria. Amaba su ciudad y su país con tanta intensidad que odiaba que no respondiesen a su modelo. Se pasó la vida escribiendo su decepción. Lo hizo tan bien que alentó imitaciones. Peter Handke es el mejor doblador que ha tenido, pero (no Rubén Amón, no) Bernhard no sentía condescendencia hacia él. Lo despreciaba con intención. Ese rechazo visceral hacia lo que uno ama se hace complejo de entender en España, donde los intentos de perfección provocan bostezos y burlas, donde el último modelo de innovación cultural fue Alaska (hasta que adoptó a Mario Vaquerizo y pese a que yo reconozca que ser tertuliana de Jiménez Losantos es de un revisionismo vintage). El último refugio de la modernidad española es Jot Down una revista trazada con buen gusto. No hay más. Es una pena, pero los españoles llevan desguazando ilustrados que salen al sol en el cruce de las Cuatro Calles desde el siglo XVIII.


01 juillet 2016

MIS PRIMOS SON VESTIGIOS

De un tiempo a esta parte todo cumple cincuenta años. Bien, es mi sensación. A otros les parecerá que todo cumple 7, o 77. Miro las cosas, miro las canciones de Elvis, miro los anuncios de La Casera,... todo anda rondando el medio siglo. El presidente de la Diputación Provincial de Lugo, por ejemplo. Desde hace unos meses, mi madre me manda por wathsapp fotografías oscuras de cuando éramos niños y nos peinábamos el flequillo hacia un lado. Los amigos de mi infancia se mueven de un modo cada vez más lento y cauteloso, mis primos empiezan a parecerme un vestigio. Hacia el izquierdo en mi caso, porque soy zurdo. La verdad es que tengo familiares con tendencia a la inmortalidad. Su piel se muestra poderosa, preparada para soportar otros miles de soles, lluvias y vientos. Pero mis posibilidades de heredar su genética no me consuelan. Observo con temor el trabajo de los arqueólogos. Lugo, que es la capital de Galicia romana, tiene un notable porcentaje de población arqueóloga en su censo. Puedes encontrarte un arqueólogo a nada que se asomes al centro de la ciudad. Cada vez que reflotan del subsuelo un resto romano con más de cincuenta años siento que curiosean en mi intimidad. Me gustaría que los historiadores dejasen de recordarnos el paso del tiempo con esos cepillos delatores que esgrimen para limpiar la tierra pegada a los cráneos, las monedas y las vasijas. Aristóteles distinguía entre el azar de cavar para plantar un olivo y encontrarse con un tesoro, y la suerte de cavar buscando un tesoro y encontrarlo. Los arqueólogos no dan una oportunidad a nuestro azar. No, buscan la suerte. Salen de su oficina arengados por sus jefes en la certeza de que el carbono 14 es la Verdad Revelada, matemética pura; de que nadie puede toser en dirección a su veredicto. Ponen fechas al tiempo ido como se fuesen balizas para indicar la pista de aterrizaje en un imposible regreso al futuro.

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25 juin 2016

EL RÍO QUE CAMBIA

El filósofo John Locke se preguntaba si un calcetín remendado varias veces era el mismo calcetín. Todo lo que hizo Locke al reflexionar sobre su calcetín fue vulgarizar a Heráclito. Usted ha leído enésimamente que "ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos". Heráclito se refería a la vida, a que todo cambia continua e irreparablemente. Vivir es un oficio que solamente se aprende practicando, aunque los libros de filosofía son útiles para auxiliar en la toma de decisiones. El viento arduo que sopla llevando las lecciones de los pensadores clásicos es que nos da pereza tratar de entenderlos. Preferimos la máxima de "partido a partido" de Simeone. El entrenador viene a decir que la mejor manera de llegar al final de una carrera de obstáculos es afrontarlos individual y progresivamente. Consiguió que elevásemos esa obviedad a la categoría de guía vital. Partido a partido. ¡Buf! No contentos con conducirnos con ideas simples, recurrimos a libros de autoayuda, que niegan la visión general de los filósofos para concentrarse en asuntos mínimos y superficiales. Hay una carrera de timadores animándonos a dejar todo para alcanzar nuestro sueño. Anularon el Plan B y apostaron su futuro a una posibilidad remota. Ganaron. Pero sus biografías nunca hablan del ejército de soñadores que pusieron su ficha en el 13 rojo y perdieron hasta el betún de los zapatos. Uno puede verse condenado a bañarse en el mismo río toda la vida si tiene la desgracia de quedar atrapado en un embalse.

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07 juin 2016

LAS CEREZAS DE PULGARCITO

portadaTáboa

A veces salgo a dar un paseo por la muerte ajena. No es una obsesión, ni siquiera es frecuente. Hace unos mediodías me coincidió pasar ante un tanatorio católico y me asomé. Nada tuvo de acto consciente más que la intriga que nos despierta que se marche un desconocido: es una muerte que no nos duele, o que, al menos, no nos supone una molestia mayor que tener un revés en Bolsa o sufrir el blindaje que cerca el corazón de una mujer. Me asomé y una señora, que era morena y que recorbaba haber sido guapa, me invitó a entrar deduciendo que yo era despistado o tímido, que soy ambas cosas. Entré, pero, una vez dentro, traté de darme la vuelta en el recibidor balbuciendo algo en francés. Mi anfitriona en la celebración póstuma quiso suponer en ese gesto de confusión que estaba buscando el libro de firmas. Me lo indicó estirando el brazo en un gesto breve y suficiente como si no quisiese incomodar a los familiares del muerto, que, por otra parte, eran tres y estaban distraídos evaluando el escándalo de los jugadores de la Selección Española de fútbol. "¿Quién recurre a una prostituta si le está esperando Edurne?", razonaba un hombre mayor, que tenía un bigote razonable, proyectando en Edurne un ars amandi equiparable a su cuerpo y a su dentadura grimosamente blanca. Y una mujer -bastante más joven, pero con su misma nariz severa- asentía. Tras desear al muerto "que Dios lo acoja en su seno con toda su misericordia", puse un nombre falso y un número de carnet improvisado, e hice un dibujo muy en la línea del último Miró, sencilla y efectiva, para firmar. En ese momento sí que trate de marcharme con un poco más de convencimiento, pero la mujer morena y siesa que había sido bella me cogió por el brazo -como si fuese un ciego al que hubiese de guiar- para conducirme a la dependencia en la que estaba el cadáver. En los velatorios, los muertos son exhibidos con una inmoralidad discreta, casi con mal gusto perverso. Se los ve dentro de las cajas de madera barnizadas, que se inclinan hacia delante, tras un escaparate. La sociedad del espectáculo, demonizaba Guy Debord. La muerte nos encoge unos diez centímetros y a este fallecido lo había dejado en un ridículo tamaño de jockey hípico. Tenía grandes las orejas, pero tampoco burlonamente, y las sienes hundidas. Vestía un faldón largo y negro de cura con una botonadura roja que parecía una hilera de cerezas dejadas por Pulgarcito para recordar el camino de vuelta a la vida.

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01 juin 2016

LA ASPEREZA DE LAS ESTRELLAS


HAY MÉDICOS MALOS y buenos enfermos. Y viceversa. El escritor austríaco Thomas Bernhard debió de ser un paciente irritante. Alimentaba unas relaciones tensas con los especialistas que lo trataron del pulmón. Los mejores doctores de Europa consultaban en su Viena. Bernhard estaba convencido de ser mal enfermo por culpa de los profesionales. Como no sabían curar, hacían diagnósticos incomprensibles: "Sitúan el latín entre ellos y sus víctimas". El latín nunca se me dio bien pese a que lo estudié en Ribadeo. La dentadura inestable de mi profesora se interponía entre yo y el aprobado. No la comprendía cuando explicaba. El cinco era mi estrella inalcanzable. Puede que el músico Iván Ferreiro tuviese en Nigrán -que es un villa de la Gallaecia, como Ribadeo- una profesora a la que no se le movía la dentadura cuando pronunciase pedes in terra ad sidera visus. Ferreiro lo canta en Cómo conocí a vuestra madre: "Los pies en la tierra, la mirada en el cielo". Me parece que el padre de Manuel de Lorenzo le enseñó una valiosa frase en latín: Ad astra per áspera. Este salmo advierte de que a las estrellas se llega por el camino más difícil. Una vez se lo leí en la cara interior de un brazo. De Lorenzo estaba comiendo dos mesas al noroeste de la mía, en el restaurante O Pingallo de Ourense. No todos los marineros saben latín, pero saben que la estrella que persiguen cuando zarpan se encuentra al otro lado de los peligros de la travesía. Esa estrella les proporciona valentía, aunque saben que nunca tocarán su plasma áspero, frío y azul con la punta de los dedos.

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25 mai 2016

ROMÁNICA, BARROCA Y SENTIMENTAL

Marcel Proust desconfiaba de la arquitectura. No exactamente de la arquitectura, sino más bien de procesos relacionados con ella, como los cambios. Su familia, que vivía en París, decidió en 1900 dejar su piso para vivir en la Rue de Courcelles. Marcel se escapó a Venecia mientras duró la mudanza. Cinco años después, tras la muerte de la madre, acabó reconociendo que la arquitectura de los recuerdos le pesaba de manera insorportable. «Mamá se llevó con ella al pequeño Marcel al morir», escribiría. Soportó esa tristeza unos pocos meses. Acabó por resignarse a un nuevo cambio. Como no le apetecía buscar casa, encargó la tarea a su amigo René Peter y se refugió en Versalles. Antes de partir, indicó a René Peter «unas preguntas y exigencias capaces de enloquecer a cualquiera», como indica su biógrafo Jean Yves Tadié. Lo cuenta en el prólogo a Una temporada con Marcel Proust (Bruguera), el libro de memorias que escribió el propio René Peter. Como había profetizado Peter la búsqueda fracasó y, a fines de 1906, Marcel ocupó un apartamento que había sido de un tío suyo en el Boulevard Haussmann. La vivienda no le gustaba porque «mamá no la había conocido».

La casa del tío nunca acabó de convecerlo. La percibía como un modelo del «triunfo del mal gusto burgués», pero acabó viviendo en ella durante doce años pese a «la decoración dorada, el polvo del barrio, el ruido incesante y los árboles que se inclinan contra la ventana».
A pesar de todas las tachas que le ponía a los edificios y a los apartamentos, Proust no dejaba de percibir que la ciudad sería imposible sin arquitectura. Su visión era la misma que describía Michel Foucault cuando hablaba de que en el siglo XIX la ciudad era vista «como un lugar privilegiado, como una excepción en un territorio de campos, bosques y caminos». El filósofo francés explica en una entrevista que aparece ahora recogida en el volumen La ética del pensamiento (Biblioteca Nueva) que el error de los arquitectos fue limitarse a los edificios y al urbanismo renunciando al dominio del ámbito que hay entre ciudad y ciudad. A partir del XIX «los que pensaban el espacio no eran los arquitectos, sino los ingenieros y constructores de puentes, caminos, viaductos, vías férreas,...».
Foucault lamenta que la ordenación del territorio quede fuera del control del arquitecto porque percibe en esos profesionales una mayor preocupación por el factor humano que nos ingenieros. Alega que no se pueden disociar la libertad de las personas, las relaciones entre ellas y los espacios en los que conviven.
En esa línea de pensamiento humanista se encuentra el arquitecto Manuel Gallego Jorreto (O Carballiño, 1936). El ourensano subraya que «la sociedad considera que la arquitectura sobra, que hay que buscar caminos más lógicos; se ve más un papel de capricho, de lujo, de decoración particular». Este discurso de Gallego Jorreto no es nuevo en él. Hace cinco años, cuando los arquitectos eran tan importantes socialmente que se situaron al borde couché de las portadas del Hola!, ya rechazaba la arquitectura espectacular. «Me gusta la arquitectura silenciosa, que se acerca más a las personas, pero no me gusta el ruido ni el espectáculo». Gallego Jorreto se sitúa en la línea de esa arquitectura gallega, que pasó en cinco siglos del orgulloso ensimismamento románico a uno discreto exhibicionismo barroco; se sitúa en la línea de la arquitectura proustiana deudora del regusto que proporciona la memoria.
La arquitectura gallega se caracterizó por respetar los materiales del país, el pasado, los recuerdos y las emociones. Ese rigor se olvidó cuando la riqueza democratizada sacó ese pretencioso grosero que habita en nosotros. Galicia comenzó entonces a emanar una arquitectura ostentosa más propia de un pazo de Versalles o del piso del tío de Proust que de un territorio de humildad, lluvia y frío. Surgió una arquitectura nulamente relacionada con nuestro románico, con nuestro barroco y con nuestro sentimentalismo tartufiano.

 

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23 mai 2016

CADA GOTITA DE SEMEN

Eran una cafetería de Lugo, Galicia, y las cuatro de la tarde. Era yo tratando de concentrarme en leer la furia de Marc Fumaroli contra los burgueses extroskistas que gestionaban Francia en los años 80. Del cabreo le manó 'El Estado cultural. Ensayo sobre una religión moderna' (1991; Acantilado, 2016). Pero en ese momento brilló en el televisor una de esas monadas que el Partido Popular se compra por internet en el catálogo del Zara. La muchacha de las bragas de oro razonaba que "Arnaldo Otegi ni es hombre ni es de paz". Efectivamente, no tuvo una revelación mística de concordia cuando secuestró a Rupérez, pero nunca sabremos si estaba buscando la paz sinceramente años después, cuando lo destinaron por años y un día en Martutene. Añadía la chiquita que "sus delitos los cometió en democracia, por lo que no puede hablar del Estado opresor". Hablaba de oídas porque cuando Otegi jugaba a aterrorizar a los pocos que creían en las urnas, ella se sentía violentada porque su tamagotchi no iba bien de vientre. Hay muchos señores del PP que saben lo que era el Estado opresor -el Estado opresor son los padres-, aunque ya los escondan en la Delegación del Gobierno en la plaza colonial de Barcelona para que inventen hazañas bélicas con las esteladas o en la villa capitolina de Madrid para que permitan que un rebaño esvástico cruce Madrid con aromas serranos a Mesta ovejuna. El ondeo de banderas me parece tan poco estético como el uso de las pashminas, pero no seré yo quien respalde que no haya democracia en según qué sitios. No me apetece que los catalanes se monten su propia España porque acabaría siendo tan vulgar como la España Común, pero me desconcierta que los liberales impostados del Popular (nin a William Buckley se han leído) prohiban a cada yo que se determine. Si hubiesen asistido a los cursos de verano que daban en Marivent, mientras el Rey León navegaba distraídamente, sabrían que la libertad colectiva es una suma de libertades individuales; lo del cuerpo social, Hobbes, el ABC de la civilización. Eran las cuatro de la tarde y era sol, y la niña de Zara cuestionó la hombría de Otegi. La hombría es el último refugio ético de la derecha española, su plan moral B. Los nazis que atravesaban Madrid con las cabezas esquiladas se rajaron la piel del pecho porque una pareja de muchachos -muchacho y muchacho- se dio la felicidad pagana y secesionista de besarse ante ellos y ante sus tatuajes mohosos de cruces celtas. No saben que el miedo a los gays, la fobia al mariconeo, procede del tránsito de las Doce Tribus de Israel a través del desierto faraónico. En ese viaje yermo era determinante que no se perdiese una gotita de semen en sodomías infecundas. Cada gotita de semen era imprescindible para reproducir al pueblo de Israel en aquella caminata secular de relevos. Lo ignoran porque ignorar es lo más y mejor hacen.

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21 mai 2016

EL AMOR EN LOS BARRIOS DEL CÓLERA

Alain Finkielkraut desvela costumbres tristes de las cités francesas (en La identidad desdichada, Alianza Editorial). Las cités son las barriadas en las que viven los miserables del postcolonialismo, fundamentalmente los nietos del Magreb. Las chavalas deben llevar velo. Algunas valientes evitan cubrir la cabeza, pero no se arriesgan a ponerse falda (ya no a maquillarse o subirse a tacones). Se censuran a llevar pantalón, pero no pantalon y calzado deportivo, no; ha ser pantalón de chándal y chaqueta de chándal. Como atrevimiento, cubren el pelo con una gorra puede hacer las veces del velo. No se puede ser pobre de segunda generacion y nieta de inmigrantes, y al mismo tiempo mujer. Las chicas han de parecer hombres y los hombres más hombres que las muchachas masculinizadas. La falda es una prenda "de prostitutas", según jóvenes nacidos en Europa, que viven en Europa y están educados (aunque parcialmente en muchos casos) en escuelas de Europa. "Las francesas pueden; las árabes, no", resuelven. Además, el amor en público es afeado. Un chaval que coge de la mano a su chica (ya no besarse) pierde feromonas. Finkielkraut fue mi lectura de la madrugada de ayer. Mientras, escuchaba Let's get it lost, en la voz femineizante de Chet Baker, tan temerariamente guapo. Ayer me prestaron las obras completas de Josep Pla, La vida lenta. Desconocía la pulsión sexual del escritor hacia una prostituta (ella vestía falda, supongo) a la que descubrió en un bar de alterne y de postguerra. Pla la recuperó para la vida digna. Jodieron durante una década. En 1952 Aurora se exilió a Argentina con el fin de casarse con la dignidad social. La excitación que causaba en Pla nunca conoció la calma. Siendo anciano, el escritor embarcó para visitarla; en un petrolero. Los dos viejos se cogieron de la mano en público para ir en la busca del tiempo perdido. Desarrollaron un sexo proustiano de sensaciones y recuerdos. "Le retour de l'âge", escribiría Pla.

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20 mai 2016

TRES SEGUNDOS

 

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Un bisabuelo mío brindó con champán antes de morir. Quiso despedirse con un bombazo de corcho. El día en el que le anunciaron que no se sobrepondría a la extinción, pidió un confesor y una botella de champán. Primero recibió la extrema unción y después reunió a sus hijos para despedirse brindando. Nunca supimos si quería festejar que subía al Cielo o que dejaba en la tierra doce hijos a los que dar estudios y alimento. Puede que en ese momento volviese a la niñez. Disfrutamos de una facultad para recordar con mayor viveza las cosas positivas de nuestra infancia y el primero tramo de la juventud, porque nos parece una conjunción astral, un montón de casualidades felices. Pero somos incapaces de concretar el momento en que se apagó la magia. En la edad adulta, la memoria escoge los apuros y las tristezas. Envidiemos la memoria de los peces, que solamente dura tres segundos. Uno, dos, tres,... y la angustia sale volando en una nubecilla blanca, como si soplásemos harina en la palma de la mano. Al vivír un momento de luz pretendemos que no se ciegue. Si lográsemos ver nuestro barrio con un ojo de pez, odiaríamos esa memoria de tres segundos. Pero no tenemos esa lente. La sensación que menos nos gusta de las malas noticias es que aprietan con fuerza. Pasa como con la muerte: no estamos acostumbrados a soportarla porque es una novedad para cada uno. Nos encogerá el corazón en varios centrímetros cúbicos sin concedernos siquiera tres segundos para que podamos entender lo que está sucediendo.

 

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19 mai 2016

EL FOGONAZO DEL AMOR

Frank Horvat

El amor es una flor delicada. Solamente germina y crece en medio de condiciones muy concretas e improbables. Avanza inspirado, tal vez, por la lucidez de Arthur Rimbaud. El poeta iba en un navío en 1876 cuando el barco pasó cerca de la isla de Santa Elena, el hospital emocional en el que los aliados enviaron al criminal más civilizado de la Historia, Napoleón, a que curase su soberbia. Rimbaud pidió al capitán que acercase el barco a la isla para caminar sobre los pasos de Bonaparte. El patrón se negó. El escritor se lanzó el agua y se echó a nadar. Tuvieron que arriar un chalano para devolverlo al barco y al sentido.
Arthur Rimbaud -que había nacido bajo la ampulosidad ridícula de Napoleón III- fue cegado años más tarde por otro fogonazo de amor. Envió versos al único escritor al que admiraba. «Venga, gran amado», contestó Paul Verlaine. Rimbaud había fantaseado con una figura rodeada por un aura de humo de tabaco que se paseaba por los salones parisinos y encontró un chaval sucio de 17 años. Verlaine experimentó el proceso inverso, se entusiasmó con Rimbaud, a quien consideraba «la única riqueza del mundo, a mayores de Jesucristo». Aunque Thomas Bernhard rebaja esa euforia suponiendo que Paul «amaba la fuerza poética y el rostro maravillosamente claro de Arthur, más que nada». Puede que lleve la razón, pero algo de ardor emocional habría entre aquellos dos amantes que recorrieron Europa sin documentos y borrachos de la felicidad de su presente. Tanto era el ardor que Verlaine acabó disparando tres veces contra la mano de Rimbaud en el Café du Rat Mort de Bruselas. Acertó una bala, en el pulso. Es el lugar en el que se comprueba si un desmayado de amor está vivo.

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