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Soy resolutivo tomando decisiones. Tanto que puedo adoptar varias contradictorias en menos de un minuto. La vida consiste en comer, dormir, soltar el vientre y escoger. Las tres primeras actividades suelo hacerlas con horarios regulares y sin dificultades reseñables. Escoger se me da peor. Como no paro de encontrar ventajas y perjuicios en cada opción, dejo que me empuje el instinto para inclinarme por una o por otra. Permito que me guíe, limpiamente, la dirección en la que sopla el viento. En otras ocasiones ateniendo a lo que haga la mayoría, que son más que yo y que me ganan en suma de experiencia vital. Las únicas decisiones que me amargan son las políticas. Quedan girando en mi cabeza como en una cinta de Moebius. Eso que nunca pierdo una votación. Me parece un lujo escoger gobernantes. Desconfío de la gente que asegura que los políticos son ladrones. Todos tenemos un precio tasado por la posibilidad y por la ética. Tampoco comparto la desconfianza hacia el criterio de los votantes. Cada vez que hay elecciones sale algún perdedor cabeceando contra el muro de las lamentaciones que el pueblo se equivocó. Un poeta diputado escribió que la ciudadanía gallega es «esclava», «alienada e ignorante». Su lenguaje político se atascó en Marx y Castelao. Sin embargo, Lugo acertó al votar para que él disfrutara de un sofá soberbio en Cortes. A ver, la gente corriente no es infalible. Yo acierto al votar, pero en la cama me doy cuenta del error desgarrador: los míos nunca salen elegidos.