El día en el que cumples 50 años empiezas a perder el interés por las novelas, las feromonas y los problemas de los otros. Al llegar a esa edad, como me tocó sufrir a mí el verano pasado, sientes un parón vital, como un vértigo en el estómago, y empiezas una lenta e inquietante vuelta hacia tu infancia. Regresas a esos años en los que te estaba permitido robar cerezas en las cajas de las fruteras (a pesar de que eras demasiado pequeño como para saber que la propiedad privada es un robo). Lo aseguraba Pierre Joseph Proudhon hasta que acabó siendo el dueño del cerezo. Ahora que padezco los 50 (sin novelas, amorios o dificultades ajenas) me gusta ir cada mañana a la plaza de abastos y deambular con el Google Maps apagado, como si fuese un jovencillo sacado de su aldea provenzal para combatir en la magnánima batalla de Waterloo: alucinado y feliz. Borracho de luz, contemplo a las fruteras peinando enésimanente los melocotones, al carnicero desollando un conejo con su bisturí de relojero y a la panadera barriendo la harina de las tortas para esparcir la niebla matutina. Me dejo fascinar, pero nunca compro nada. No me gusta cocinar porque entre fogones están prohibidos los excesos; todo está medido, debes someterte a las instrucciones rígidas de las recetas, a los mismos límites con los que aburre la vida cuando cumples cincuenta.