EL HISPANISTA Stanley Payne denunciaba la semana pasada que «en España se usa la Historia para fines políticos». El historiador se lo reprochaba al viento como se fuera una singularidad española. A continuación, defendía que Franco dio su golpe de estado sin querer, porque en África el ocio era mucho y el calor pesado, porque pensó que desatar el monstruo bélico era la manera más rápida y cómoda de atravesar el Estrecho de Gibraltar. «Le parecía algo poco viable y decimonónico», asegura Payne. Bien, el general se formó en una academia militar con un programa de estudios basado en la nostalgia del imperio perdido allá, en la Ultramar. Tenía su visión de España, que era marcial y católica; pero no podemos afirmar que fuera una visión moderna.
La Historiografía se asienta sobre tres bases: investigación, especulación e ideología. Si no, no tendríamos, por ejemplo, el Reino de Galicia, conocido como Reino de Asturias en su principado y como Reino de León en YouTube; la denominación va acorde a la filiación de cada cada experto. El reino postsuevo es como la Santísima Trinidade: uno y trino.
No veo la televisión porque el médico me advirtió de que es frívola para mi corazón de sangre espesa. El lunes no le hice caso y estuve viendo un documental sobre El Ministerio del Tiempo. Ya saben, esa serie de TVE para la que Stanley Payne podría escribir el guión de un capítulo en el que el militar gallego Francisco Franco, partidario irreconducible de la democracia y de la soberana voluntad ciudadana, despierta una mañana sentado en el despacho más grande del palacio del Pardo y firma unos documentos que encuentra sobre la mesa ignorando que eran condena a muerte. Franco se desespera por su error, pero, cuando quiere reparar el daño, escucha los fatales disparos del pelotón al amanecer.
El documental sobre El Ministerio del Tiempo estaba dedicado al ilusionismo. La serie de TVE trata la Historia con inteligencia, como si fuera una materia plástica y didáctica, una caja negra de la que ir cogiendo maravillas y curiosidades. El protagonista del capítulo era el joven Joaquín María de Argamadilla que Ramón María del Valle Inclán vendía como un superhéroe de Marvel con poder como la visión de rayos X. Una actriz de la serie se sorprendía de que «alguien tan inteligente y culto como Valle Inclán creyese en el espiritismo». El escritor pontevedrés creía en el espiritismo como disciplina teatral, del mismo modo que Payne cree que la Historia puede ser una ciencia exacta y apolítica excepto cuando la escribe él.
En el episodio aparecía Houdini, que, aparte de cuestionar la comunicación sobrenatural de Argamasilla y de la mujer de Conan Doyle, fue el primer mago que convirtió los reducidos escenarios en los que actuaba en inmensos escenarios internacionales. Le bastó con cuidarse de que la prensa recogiera sus fabulosos números y los difundiera. Ocupándose de la cobertura y de las entrevistas para transmitir su mensaje se adelantó a esta generación de políticos que vive de su proyección mediática.
La política es la más influyente de las artes. Incluso sospecho que la luminosidad partidaria se sobreponen a la luminosidad literaria.
Coincide este año en el que el Día das Letras se dedica en Galicia al poeta Manuel María con el centenario de la fundaion de la asociación Irmandades da Fala (Hermandades del Habla, en referencia a la lengua gallega). Fue el primer colectivo intelectual de entidad en concebir y promover Galicia como sujeto político. Dejó como legado la brillante Xeración Nós. La Xunta le está haciendo el caso que indica el manual, la Real Academia Galega exhuma documentación y el Consello da Cultura transmite menos entusiasmo del que yo le había supuesto. Todo ese ancho y largo campo libre está siendo ocupado por los que fueron compañeros de Manuel María para llenarlo de conferencias, debates, congresos, libros, conciertos y espectáculos de títeres.
Independientemente del trato condencesdiente que se les da a las Irmandades, la administración y las instituciones culturales deberían ofrecer alternativas a todo ese público que ni tiene -ni es previsible que adquiera- interés en la figura y en la obra de Manuel María.
Visto el panorama pusilánime, visto que la palabrería exaltada de los intelectuales y creadores se adormece después de ser acariciados por la púrpura del poder, lo único revolucionario que nos queda en Galicia es la motoserra vibrante y ruidosa con la que Francisco Leiro desbrava madera. Solamente un rupturista puede montar en bicicleta en una megaurbe como Nueva York y pasearse en cortacésped por su finca de Cambados.
Doce esculturas del artista integran Trabajos y días de Francisco Leiro, la muestra que abrió en el Centro Abanca de Santiago. La labor del aizkolari gallego puede conocerse en las imágenes que acompañan a las obras y que proceden del documental Sísifo confuso, de Aser Álvarez. Leiro tiene un talento de tal magnitud que no precisa envolver sus obras con un discurso, a pesar de que en el arte actual la digresión sobre la pieza importa máis que la pieza.
El éxito histórico, político y artístico depende de la eficacia promocional. Las mejores sesiones de cine erótico que vi nos las ofrecía Javier a los compañeros de hostal en Santiago. No necesitaba celuloide ni pantalla. Se situaba en el centro de la habitación y nos invitaba a sentarnos alrededor antes de empezar describir escenas de bajo presupuesto con una gestualidad más deudora de Benny Hill que de Russ Meyer.
El viernes me coincidió con Javier en el Muelle dos Adeuses (Muelles de los Adioses), en la Dársena coruñesa. Casado, padre de dos niños. Me decepcionó aquella inesperada forma de madrurar. Me sentí como el escritor belga Hugo Clauss, que casó una noche con la fascinante estrella pornográfica Emmanuelle y, al amanecer, cuando la luz entró en el dormitorio, descubrió que era Sylvia Kristel, una actriz.