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GALICIA TIENE sus cosas. Puede ensalzar un futbolista de la Bundesliga porque sus padres son gallegos y, al tiempo, ignorar un catedrático en la Universidad de Munich. Ajeno a ese desprecio, Xosé Manoel Núñez Seixas viene de publicar un ensayo sobre la División Azul, Camarada Invierno (Crítica). Tengo noticia de ese cuerpo expedicionario por mi padre, que me contaba vivencias de su hermano Juan en el frente ruso.

A mi tío le espantaba revivir el frío, el hambre y el miedo de aquella odisea. Sin embargo, cuando venía a comer en la mesa veraniega del jardín, nos enseñaba palabras en alemán o ruso. Intuía que mi padre nos había revelado su secreto y quería corroborarlo exhibiendo un pentecostés lingüístico. Juan hablaba menos que comía y no bebía vino. Pero, cuando el sol le calentaba la cabeza, se acordaba de su caballo de entonces, Grane. Nos explicaba que Grane era la montura de Brünnihlde, la valquiria de la ópera de Wagner que se inmola para restablecer el orden quebrado por el robo del oro del Rin.
Poco más conozco de la División Azul. Solamente que mi tío había vuelto de Rusia con una Luger, que eran las pistolas estilizadas que usaban los nazis. El torero Juan Belmonte se suicidó apuntándose con una.
Una tarde, los chavales descubrimos la Luger en la casa familiar en A Coruña. Estaba escondida entre una colección de libros de Stendahl, Proust, Balzac y Hugo -ese ajuar básico de cualquier casa-. Mi tía Nati hizo desaparecer la pistola. Nunca supe si la llevó al cuartelillo o la lanzó al mar del Orzán. Pero aquel arma estaba cargaba con una historia trágica.

En esa misma biblioteca había una Sección Africana, que guardaba tanto libros antropológicos -sobre tribus guineanas- como libros meramente coloniales -sobre la explotación de madera-. Pertenecían a otro hermano de mi padre, Santi. Los había traído de la Guinea Española, donde dirigía un ingenio en los bosques tropicales. En el primer viaje a África se había hecho acompañar de un jamón gallego; sobre todo, por sobreponerse a la nostalgia. Antes de acostarse la primera noche, lo colgó del techo de la cabaña, en el corazón de las tinieblas. Al despertar, abrió los ojos y descubrió que las termitas le habían reservado únicamente el hueso para que cocinase un caldo.
Mi tío Santi era un coleccionista entusiasta de Julio Camba. Atesoraba la bibliografía completa en la bonita edición de Austral. A mí, Camba me parece el gracioso de casino de pueblo, con su ironía dócil, y su prosa limpia e inocua. Supongo que mi tío, contumazmente carlista, ignoró que el columnista pontevedrés era un cínico excomulgable que se había acabado sometiendo a la prensa franquista. Temo que Camba había hecho propósito de enmienda por haber sido un revoltoso anarquista en la juventud argentina.
Hace poco que le leí a Enric González que «para ser un buen escritor de periódicos conviene ser gallego» -certeza, que estropea añadiendo que- «lo era Julio Camba, generalmente aceptado cómo el valor supremo del columnismo español, y lo era Álvaro Cunqueiro, en mi opinión casi tan bueno como Camba». Se agradece la regalía, pero afirmar que Cunqueiro es «casi tan bueno» como Camba es no haber leído bastante a Cunqueiro y, posiblemente, ser condescendiente con Camba. Cunqueiro había interiorizado la biblioteca del Seminario de Mondoñedo y Camba, las iniciales de los juegos de toallas con las que secaba en el Ritz.
Llevamos unos años padeciendo una exaltación injustificable de Julio Camba que se marida, entre los columnistas menos edosos, con la reivindicación del único catalán melancólico, Josep Pla. A un señor que tiene la tenacidad y la emoción de atravesar el Atlántico en un petrolero para visitar un amor de juventud, hablo de Pla, se le perdona que se burlase de cada pulso echado al franquismo. Pero es ridículo que cada novedad editorial suya sea recibida en el Facebook como si descubrieran inéditos de Vázquez Montalbán.
Con todo, la prosa de Pla trasluce más hondura y lecturas que la prosa de Camba. Si se apoya una página del catalán al trasluz en una ventana, puede descubrirse a Stendahl, Montaigne e incluso Proust y Leopardi. Sobre Pla le leí a Montalbán en Obra periodística. Las batallas perdidas (Debate) que era un nihilista que solamente creía «en los ciclos de la naturaleza y en el capricho de los vientos que alteran el humor de las personas».
Destino reedita en castellano 'Fin de semana en Nueva York' (Debate). Los modernos se excitan en el convencimiento de que van a encontrar crónica de vanguardia en un libro escrito en 1954 por un señorito de casa grande ampurdanesa.
Ese volumen será lúcido y desalentador, como el resto de Pla; como fue la vida de mi tío Juan desde que regresó del frente ruso. Nunca me contó el incidente de la pistola. Le escuché referencias cuando hablaba en una pesadilla. Me lo aclaró mi padre.
Mi tío estaba durmiendo en el campamento de Grafenwöhr, una villa bávara, cuando sintió un ruido en la oscuridad. Había una sombra moviéndose por su dormitorio. Levantó la almohada para sacar la Luger, la misma pistola con la que se suicidó Goebbels. El bulto estaba ya huyendo a través de la ventana cuando disparó. Se oyó un grito, un desgarro. Dio la alarma. Cuando los guardias alumbraron el patio con sus linternas encontraron un arroyo seco de gotas de sangre y un montón de libros esparcidos por el suelo. Eran manuales de Matemáticas, Física y Química que se había llevado mi tío dentro de una maleta para aprovechar el tiempo estudiando. El ladrón nocturno había tratado de robársela pensando en que contenía algo más valioso, o, cuando menos, algo más comestible.