Las consecuencias del cambio climático se están notando con violencia esta primavera en Galicia: hay semanas en la que sale el sol sin tomarse un respiro. Antes, cuando dictatoriaba Franco, el clima obedecía a la estación del año y al día de la semana. No había un domingo nublado. Yo iba a la iglesia de Ribadeo con el pantalón corto de tergal azul que identificaba a lo niños de clase media. El sol brillaba reflejado en la placa bruñida que recordaba a José Antonio Primo de Rivera y a otros caídos por España menos dignos de consideración que eran agrupados en el anonimato. El domingo salia sin paraguas y sin miedo. Ahora, con esto de la democracia, te lanzas a la calle un domingo y el cielo te tira una granizada cruel. Los perdigones de hielo azotan la cara y los brazos sin que sirva de nada el poncho de plástico amarillo que acabas de improvisar en los chinos. Le pasó a un amigo pintor. La primavera le sorprendió en el Cantón -es el nombre gallego de las plazas mayores-. El pintor, Quique Bordell, es razonable. pero se siente confundido por esta moda de las primaveras desordenadas que empezaron en la Transición. Él había disfrutado muchas primaveras de cuando hacía sol por decreto emitido por el ministro de Gobernación. "Hace sol porque es primavera y lo manda Franco". comentaba la gente sonriendo entre trago y trago de terraza y vermout. Durante la dictadura no había una oposición democrática e incordiante clamando por los derechos de otros fenómenos atmosféricos a manifestarse. Quique Bordell me habló una noche a través de la que nos cruzamos paseando sobre la Teoría de los Muchos Mundos, que defiende que cada cual puede vivir en cosmos paralelos a la vez. Esos universos múltiples son cosas del sistema parlamentario. Con Franco había un único universo, y era grande y libre.