En la cena me sentí como si mi tranquilidad de ánimo fuese Sarajevo asediado por los serbios. Un puente dental se me desmoronó en el interior de la boca, con el dramatismo y la trascendencia histórica del Puente Viejo de Mostar. Estaba paseando la Ría de Ribadeo por las papilas gustativas  por medio de un sargo pescado horas antes cuando sentí el estruendo de cientos de piedras labradas siglos atrás cayendo dentro de mí. El sabor a marea alta se trastocó hacia el amargor de una nube de tierra en polvo. Es el anuncio tétrico de que nos acercamos al peaje de la vejez para que levantemos el pie del acelerador. Otro aviso me llegó el mes pasado, cuando cumplí los cincuenta y mi cabello se volvió indiferente. No se cae, pero tampoco crece; como si mi cabeza hubiese degenerado en una fotografía fallecida en blanco y negro. 

Horas más tarde, en la mitad de la noche, Antón, que tiene nueve, vino a mi cama. Arrastraba una pesadilla inspiradora que lo hacía temblar. Él se levantaba de la cama en el corazón de las tinieblas para ir al servicio y se encontraba un bebé ensagrentado en la ducha. Corría al otro baño y descubría el horror de otro cadáver, también degollado, del gemelo del primer bebé. "Pero el asesino ya había limpiado la sangre y estaba en una bolsa azul", matizó respondiendo en medio del pánico a su sentido luterano del orden. 

Hace tiempo que no veo un cadáver, a pesar de tener familia de cierta edad y de ser periodista. El último que vi fue en Pulp ficton, que continué a medias la noche del sábado, cuando llegué a casa desde el periódico, haciendo juegos de caminar en un laberinto entre los tractores aparcados como una exhibicion militar soviética alrededor de la Muralla de Lugo. El asunto es que vi unas escenas que echaban en TCM antes de apagar porque Tarantino me agita las entrañas y aún no había cenado. Dos asesinos, John Travolta y Samuel L. Jackson, están manchados de sangre como si se hubiesen mordido sus respectivas orejas y tienen un coche salpicado de líquido rojo como en un cuadro de Pollock porque han matado a un tipo. Telefonean a un señor elegante que se distrae en una fiesta sofisticada. Al poco tiempo, el hombre llega con todo su aplomo traejado y les resume su política comercial con arrogancia: "Soy el Señor Lobo y soluciono problemas".

Yo conocía al Señor Lobo cuando era pequeño. De niño, mi tío Santi me montaba en la parte trasera del Land Rover, con los obreros morenos y agradecidos de la empresa familiar de canteras. Mi tío habia estado en la Batalla del Ebro intentando matar rojos, por lo que nunca le escuché pedir nada por favor nin dar las gracias. Cuando estábamos ya en el monte, subiendo senderos de barro fresco bajo el sol amable del verano gallego, yo caminaba impertinemente cerca del capataz Lobeira. Él era alto y fuerte, y tenía la cabeza ancha. Me recordaba a Lorne Greene en Bonanza. Me señalaba huellas de animales en la tierra húmeda: "Por aquí pasou O Señor Lobo", dicía con el índice cerca de los huequecillos. Otras veces el camino había sido transitado por el Señor Caballo o por los Señores Xabaríns (Señores Jabalíes), con ese avanzar brutal de blitzkrieg de los ejemplares adultos seguido sumisamente sus crías. Nunca tuve miedo cuando sabía que Lobeira estaba señoreando en el monte. Ni siquiera cuando los obreros se tapaban las orejas con las manos ásperas porque habían plantado barrenas de dinamita agujereando la roca con unas varas largas para hacer prospecciones. Había que cerrar los ojos durante unos segundos largos porque las esquirlas de cuarzo saltaban en cámara lenta por el aire.

Fui el Señor Lobo para Antón en la madrugada del sábado. Tuve que abrazarlo para que dejase de temblar. Acabó por quedar dormido, ignorando mi duermevela aterrorizado por el temor a la vejez, a la dentadura inconsistente y al pelo desencantando. El Señor Lobeira dejó el monte hace muchos años.

Photo: Wee Gee