GAINSBOURG, Initiales L

Hace muchos años que no veo a la Santa Compaña. La última vez fue en Fontes do Lobo, un lugar del monte ribadense de Santa Cruz. Tenía 24 años y había desafiado a mi cobardía a pasar una noche en ese lugar, en las Fuentes del Lobo, donde los lobos acostumbran a buscar el agua fresca de los manantiales más altos y frescos en las noches templadas del verano. Nunca he vuelto a correr tan rápido monte abajo.

Esta madrugada estuve sacando al piano La javanese. No acababa de encontrar ese tono cínico que le imprimió Serge Gainsbourg, tras rescatar su canción de la tristeza impostada con la que la maltrató Françoise Hardy. Me tomé un descanso para tratar de enfrentarme al tema cun espíritu limpio. Fui a la ventana, a fumar un gitanes. "¿Sabes lo que es tener un orgasmo cada cuatro segundos?", respondia Gainsbourg cuando le reprochaban que fumase desmedidamente. Empecé a tararear: Hélas, avril, en vain, me voue à l’amour/ J’avais envie de voir en vous cet amour. Tras el cristal, al fondo de la noche, me pareció ver dos hileras de luces que se agitaban rápida y temerosamente sobre la redonda cumbre de Santa Cruz. En Galicia sabemos lo que son las sociedades fantasma. De hecho, las inventamos nosotros. La Santa Compaña es un colectivo espectral formado por muertos que no ha logrado completar la transición entre la vida y la muerte, entre nuestro pequeño mundo y el océano del más allá. Como consecuencia de que no se les considera personas físicas a efectos legales, son invisibles a los sabios y potentes ordenadores de la Agencia Tributaria. Los invivos, pero inmuertos todavía, suelen asociarse en grupos de veinte o treinta expersonas para caminar por los montes durante las noches, desde que se apaga el cielo hasta que amanece. Avanzan en procesión ordenados en dos filas. Llevan unos cirios grandes que sospecho que les compra alguién al por mayor en Ikea de A Coruña y les salen a precio.

No recuerdo si Bocaccio introdujo algún fantasma en El decamerón. Quiero decir: aparte de los aparecidos, que son los maridos, y de los amantes, que se vuelten espectros al desaparecer de la cama conyugal a un ritmo sobrenatural. Lo que tengo claro es que hubo dos hileras de ricos que se alumbraron con cirios de abogados y economistas para llevarse sus millones de euros a Panamá. La sensación que me ocupa el alma, ahora que desisto de La javanaise para retomar El decameron, es que la historia regresa con esos privilegiados que escaparon de la ciudad asediada por la peste que se comía las fortunas. Lo lograron sin tener que dejar de vivir en su país, en su amado país. Una vez que he resuelto este asedio a mis certidumbres sobre los impuestos, vuelvo a cantar: Desgraciadamente, abril, en vano, me condena al amor/ yo tenía ganas de ver en ti este amor/ no te disgustes bailando La javanesa/ nos amamos lo que dura una canción.