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Acostumbro a caminar por las calles de Lugo con una manzana roja en la mano derecha y con un libro en la izquierda. No leo el libro ni como la manzana. Jamás. Se trata sencillamente de pasear el equilibrio entre la naturaleza y la cultura. Me cruzo con muchas personas, pero a nadie le importa porque no se fijan en mi exhibición absurda y, aunque se fijasen, no entenderían la performance. Algunos transeúntes se avergüenzan de su caminar y corren por las avenidas vestidos con colores fuorescentes, disfrazados de insectos de una selva inhóspita de Borneo; los corredores llevan aparatos de plástico negro incrustados en las orejas como si escoltasen el coche que lleva el fantasma de John Fitzgerald por la calle de Dallas que sueño cada noche en súper 8. La manzana con la que me paseo me recuerda las manzanas miserables y ácidas que daban los árboles de mi barrio en Ribadeo: porterías de fútbol y trapecios cuando niñeaba. La naturaleza me acompaña en cada paseo por la ciudad, está escondida en las rotondas y en los geranios de los balcones. La saludo familiarmente porque crecí en una casa rodeada de pequeños prados y tierras en la que las patatas descubrían el Nuevo Mundo cada septiembre. Mi manzana me recuerda que dormía en madrugadas de bebés gritando de dolor entre las ortigas, pero cuando me despertaban los chillidos hambrientos de los pájaros, reconocía las gatas irritadas en su intimidad porque los gatos se les habían superpuesto con sus pechos peludos. Por eso, me hace gracia el modo ridículo en el que se nos anima a volver a la naturaleza, ese ámbito del que los seres humanos tardaron miles de años en escapa para rodearse de ámbitos artificiales y humanizados. Ninguno de esos publicistas que presentan una manzana roja como agujero de gusano que tiene su salida en el Paraíso Perdido ha pasado ni media tarde de noviembre en una casa de campo de los 70 viendo con angustia el modo fiero con el que el Diluvio Universal azota las ventanas, sin noticias del arca de Protección Civil de Noé. No conozco ninguna forma más compleja e exasperante de aburrimiento.

Photo. Nico Jesse. Marseille, 1956.