De un tiempo a esta parte todo cumple cincuenta años. Bien, es mi sensación. A otros les parecerá que todo cumple 7, o 77. Miro las cosas, miro las canciones de Elvis, miro los anuncios de La Casera,... todo anda rondando el medio siglo. El presidente de la Diputación Provincial de Lugo, por ejemplo. Desde hace unos meses, mi madre me manda por wathsapp fotografías oscuras de cuando éramos niños y nos peinábamos el flequillo hacia un lado. Los amigos de mi infancia se mueven de un modo cada vez más lento y cauteloso, mis primos empiezan a parecerme un vestigio. Hacia el izquierdo en mi caso, porque soy zurdo. La verdad es que tengo familiares con tendencia a la inmortalidad. Su piel se muestra poderosa, preparada para soportar otros miles de soles, lluvias y vientos. Pero mis posibilidades de heredar su genética no me consuelan. Observo con temor el trabajo de los arqueólogos. Lugo, que es la capital de Galicia romana, tiene un notable porcentaje de población arqueóloga en su censo. Puedes encontrarte un arqueólogo a nada que se asomes al centro de la ciudad. Cada vez que reflotan del subsuelo un resto romano con más de cincuenta años siento que curiosean en mi intimidad. Me gustaría que los historiadores dejasen de recordarnos el paso del tiempo con esos cepillos delatores que esgrimen para limpiar la tierra pegada a los cráneos, las monedas y las vasijas. Aristóteles distinguía entre el azar de cavar para plantar un olivo y encontrarse con un tesoro, y la suerte de cavar buscando un tesoro y encontrarlo. Los arqueólogos no dan una oportunidad a nuestro azar. No, buscan la suerte. Salen de su oficina arengados por sus jefes en la certeza de que el carbono 14 es la Verdad Revelada, matemética pura; de que nadie puede toser en dirección a su veredicto. Ponen fechas al tiempo ido como se fuesen balizas para indicar la pista de aterrizaje en un imposible regreso al futuro.