El COMENTARIO surgió almorzando cocido el Lunes de Carnaval. Alguien, sentado a un extremo de la mesa larga se retrotayó a la Cuaresma de antes, cuando todo placer quedaba afeado por la convicción de que Cristo moriría necesariamente. En el otro lado, hubo quien recordó un cura de Ribadeo. Bajó la voz, se inclinó sobre la mesa y reveló: «Don Enrique era camarero secreto del Papa». Después se incorporó jocosamente para cantar un ferrete que había compuesto algún malicioso local en el convencimiento de que Don Enrique había logrado la dignidad «por la gracia de Franco». Mientras los viejos de la casa cantaban felizmente, saqué el móvil y busqué información sobre el asunto.
Patricia Espinosa de los Monteros entrevista en el ABC, mi referencia en asuntos religiosos, a Manuel Gullón, conde de Tepa. La periodista nos lo presenta cómo «gentilhombre del Papa», aunque él desciende un grado en el altar de la soberbia y se define cómo «guardián de lanas llaves de San Pedro». El Cuerpo de Gentilhombres está formado por 55 personas de toda la orbe, siendo únicamente dos españoles.
Yo tenía ya a Don Enrique por una figura notable en mi infancia. Me fascinaba observar la precisión amonestadora de sus gestos cuando misaba e incluso me alegraba de que limpiara mi hoja de servicios morales el sábado en el que le confesé que había puesto un petardo carnavaleiro en el aula de La Pícola. En mi defensa, argumenté que nunca le copiaba en los exámenes a pesar de que nuestra profesora de Ciencias Naturales era poco darwinista y dejaba hacer por igual a los que estudiábamos y a los que se inspiraban en chuletas. Don Enrique -creacionista a hierro ferviente- torció la boca, agitó la cabeza con enfado y largó una receta de avemarías.
Justo después de dejar el confesionario me arrepentí de contarle el crimen. Mi error había echo que aquel hombre de negro dispusiese de una información tan cargada de pólvora que podría explotarme en casa a nada que se informase mi padre.
Decidí establecer un cordón sanitario entre el sacerdote y yo, confiando en que olvidaría mi revelación. No volví por la iglesia hasta varios años más tarde, con veinte, alentado por la reflexión sobre el valor del arte religiosa que hace Yukio Mishima en Confesiones de una máscara (Alianza) inspirado por el ólero San Sebastián, de Guido Reni, que se encuentra en el Palazzo Rosso de Génova. Con Génova me refiero a la ciudad italiana, no a la calle de Madrid.
El Martes de Carnaval estuve releyendo algunos fragmentos de ese libro, lo que me sirvió para informarme de que San Sebastián fue un capitán de la guardia pretoriana. Apasionado defensor del pacifismo cristiano, se negó a usar armas. El emperador Maximiliano lo mandó ejecutar por ese motivo junto con otro objetor de conciencia, el centurión Marcelo. Hum... ese nombre me suena. Ah, ya sé! Jorge Fernández lo tiene por su ángel de la guardia y recurre a él para encontrar aparcamiento. Marcelo no falla. Supongo que ayuda que Fernández sea ministro del Interior y tenga un lugar reservado.
El miércoles empecé Vestidos de noche, también de Mishima, también en Alianza. Esa novela es distinta a otras que le leí. Hay un matrimonio entre dos chavales ideales del alta sociedad de Tokio discurrido por una madre que reina sobre su hijo Toshio. Hay hipódromos, cócteles en los que estira el dedo índice y vestidos de noche, como era esperar. Mishima escribe con un lenguaje exquisito, tanto que se hace ridículo a tramos. El sarcasmo de la occidentalización es más ácido que en otras obras.
Contra el fin de la novela, la madre de Toshio le confiesa a su nuera que se arrepiente de haber arreglado el matrimonio de su hijo: «¿Conoces el gusto del café cuando lo bebe una mujer que está sola?». Se contesta que «es el sabor que queda cuando no hay nadie que te pueda echar una mano, nadie que esté a tu lado en la vida. Es negro, doce, sabroso, aromático, persistente, un sabor que no abandona. Pues bien, conocí el sabor del café después de casar a Toshio».
Mishima podía escribir con esa hondura el alma femenina porque lo había criado su abuela, una mujer poderosa en el ámbito doméstico. El escritor manifestó que se sentía así cuando se dejó a arrastrar hasta el suicidio por la locura fascista de recuperar el imperio japonés. Ese mismo sentimiento negro y persistente afectó a Ian Curtis,como refleja en las letras de su grupo, Joy Division. Curtis fue una estrella fugaz del rock entre 1976 y 1980. Dejó una astilla de dos discos: Unknow pleasures y Closer.
Ustedes conocen la portada del primer álbum porque Amancio Ortega hizo camisetas con ella, lo mismo que con el título de la canción Love will tell us apart again (El amor nos volverá a destrozar), que tiene docenas de versiones. En esa canción, Ian Curtis habla como la madre de Tohio. «Tengo un sabor en la boca. Mientras la desesperación persiste». El cantante era esposo y amante de sendas mujeres. Incapaz de poner el corazón en hielo, se colgó en la cocina en la víspera de comenzar su primera gira por Norteamérica. Se rindió antes de volar al país de William Burroughs, el escritor al que más admiraba porque «sus obras eran una pesadilla postindustrial», como el Manchester de fábricas en ruinas en el que había crecido.
Sus compañeros de grupo cuentan en el filme Joy Division (2007) que Burroughs lo mandó a plantar melocotones cuando se encontraron en Bruselas. Se cansó de aquel rapaz de 23 años que lo acosaba la base de expresarle sus toneladas de devoción. El viernes estuve mirando ese documental de mientras me informaba sobre el interés de una editorial gallega en publicar Mein kampf y pensaba en que, felizmente para todos, Hitler también tuvo su motivo para suicidarse: el nudo que ahogó su sueño.