La tarde me pesó toneladas. Cuando me levanté, con la primera luz del día, ya había anochecido. Desayuné una sopa de cangrejo y un Saint Julien tinto. En la radio no paraba de llover fútbol, así que la apagué para escribir la colaboración que debía a una revista literaria de Dijon. Algo breve y confesional, sobre lo tarde que nos dimos cuenta de que El Quijote murió hace 400 años, los 400 golpes. Parece que fue ayer. Después volví a la cama para ler Là bas (Allá abajo), esa novela en la que Huysmans se recrea con la vida  de Gilles de Rais, que combatió junto a Juana de Arco, esa histérica catolicona, en la Guerra de los Cien Años. El principio de la novela son páginas de deriva sobre Flaubert y los Goncourt, por lo que di un salto mortal en la paginación hasta caer en el episodio de decapitación y violación de un adolescente. Asqueroso. Repulsivo como el amor de hoja caduca de Vargas Llosa, o como la vida en general. Tanto que hube de cerrar el libro con violencia para dominar los ácidos desordenados en la parte alta del estómago. Recoloqué los intestinos manualmente antes de tratar de relajarme escuchando Revoir Paris de Charles Trenet en versión de Benjamin Biolay. Pinché el vinilo de esa canción una y otra vez, como solamente se puede escuchar música en la infancia. Quise recordar ese tiempo en Ribadeo, cuando al atardecer Anabel nos traía el cántaro con un litro de leche recién exprimida. Tan densa y tan fresca. Su padre tenía media docena de vacas y un diente de oro que se podía distinguir desde el monte de Santa Cruz cuando él le sonreía al sol. Tenía nombre de vendedor de alfombras, Aladino. Ponía vinilos con baladas de Chet Baker a sus vacas para que diesen una leche con más nutrientes. Cruzaba cada día el polígono verde e irregular de hierba en el que hacíamos que lloviese fútbol aunque todo estuviese seco. Yo sabía que iba a jugar en el Athletic de Bilbao porque era zurdo y había nacido en el mismo Bilbao, y ningún ojeador puede sobreponerse a la fuerza de esos argumentos. Durante años soñé con mi cuarto limpio y sobrio en la residencia de Lezama. Espere mucho tiempo, eternamente demasiado, a que un señor telefonease en euskera a mi padre para negociar mi fichaje. Ese tiempo se me hizo largo. Al contrario que ese tiempo fugaz en el que Anabel me entregaba el cántaro de leche. Era un tiempo amputado, como la noche de bodas de un soldado. Recuerdo el martes en que se tropezó y la leche se derramó por el suelo de la entrada. Aquel sábado murió.